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Acordes mortales

En la música popular, la muerte es el segundo tema preferido por los artistas, solo superado por el amor

 

Una noche de marzo de 1939. Billie Holiday se sube al escenario del Café Society de Nueva York para interpretar ‘Strange Fruit’. Fue la primera canción que trasladó un mensaje político explícito al mundo del espectáculo. Y lo hizo con la muerte como protagonista. Narra el ahorcamiento de dos hombres negros tras ser linchados en Alabama: “De los árboles del Sur cuelga una fruta extraña. Sangre en las hojas y sangre en las raíces. Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña”. Hasta entonces, solo los músicos de blues del delta del Misisipi se habían atrevido a cantar a la muerte. Para ellos era algo natural, porque cuando tu vida está marcada por la esclavitud y la miseria, no te queda otra salida que implorar a Dios que cambie tu destino o invocar a la dama de negro para que pase revista cuanto antes y acabe con tu agonía.

 

Si elaboramos una lista con los temas más habituales sobre los que versa la música popular, la muerte ocuparía sin duda un lugar destacado, solo superado por el amor. Su sombra ha sobrevolado la historia del rock desde sus comienzos. Y no solo porque algunos de sus intérpretes más célebres concertaran una cita con ella antes de tiempo. Las canciones fúnebres siempre han ejercido una fascinación especial. Porque la muerte es un enigma. Y también una certeza. Al fin y al cabo, ¿quién no ha pensado alguna vez en la música que le gustaría que suene en su funeral?

 

 
En los años cincuenta, cuando el rock comenzaba a balbucear, gozaron de gran popularidad las ‘teenage tragedy songs’ (canciones de tragedias juveniles), baladas que reflejaban una idea romántica de la muerte, al estilo de Romeo y Julieta, como única manera de escapar de las imposiciones paternas y las convenciones sociales. Hasta la irrupción de los Beatles, este subgénero copó las listas de ventas gracias a éxitos como ‘Tell Laura I Love Her’ (Ray Peterson), ‘Death Man’s Curve’ (Jan and Dean) y ‘Leader of the Pack’ (The Sangri-Las).

 

Todos los grandes músicos de rock le han cantado a la muerte. Junto con el deseo y la religión, fue uno de los temas que conformaron el universo compositivo de Leonard Cohen. Una obsesión que se hizo aún más evidente en su último disco, ‘You Want It Darker’. “Estoy preparado, mi Señor”, recita el canadiense, consciente de estar jugando los minutos de descuento. En ‘Travelling Light’ cuenta cómo prepara la maleta, no sin antes apurar una última copa, antes de emprender el viaje definitivo: “Voy a viajar ligero / es mi au revoir / mi brillante estrella fugaz / llego tarde, el bar va a cerrar.”

 

Escrita en 1973 para la banda sonora de la película ‘Pat Garret & Billy the Kid’, en ‘Knockin’ on Heaven’s Door’ Bob Dylan se encarna en el sheriff Colin Baker, herido de gravedad en un tiroteo. Antes de morir, pide a su madre que deje su pistola en el suelo porque sabe que nunca más podrá dispararla. Todo se vuelve tan oscuro que ni siquiera puede ver: “Siento como si estuviera llamando a la puerta del cielo”. Hasta ese mismo cielo llega la escalera que se le aparece a la moribunda protagonista de ‘Stairway to Heaven’, clásico indiscutible de Led Zeppelin inspirado en un pasaje del Génesis. No es el único tema fúnebre de la legendaria banda británica de hard-rock. ‘In My Time of Dying’, otro de sus temas más conocidos, es la plegaria de un hombre agonizante que enumera sus últimos deseos: “No quiero que nadie llore. Lo único que deseo es que lleven mi cuerpo a casa. Jesús preparará mi lecho de muerte. Oh, San Pedro a las puertas del cielo. ¿Me dejarás entrar? Nunca hice daño. Nunca hice mal”.

 

Componer también es una forma de aliviar el dolor por la muerte de un ser querido. El 10 de marzo de 1991, Conor, el hijo pequeño de Eric Clapton, cayó de forma accidental desde el piso 53 de un rascacielos de Manhattan. Una experiencia desgarradora que dio lugar a ‘Tears in Heaven’, una de las baladas más hermosas jamás escritas. Un año después Lou Reed publicó ‘Magic and Loss’, un disco conceptual inspirado por el fallecimiento de su amigo y compositor Doc Pomus. Es un trabajo helador, en el que el neoyorkino manifiesta su impotencia ante la imposibilidad de ganarle la partida a la muerte: “Quiero un milagro. No me quiero morir. Me da miedo ir a dormir y no despertarme nunca, no existir más”, canta en ‘Magician’.

 

 
Artículo publicado en el periódico EL CORREO el 27 de octubre de 2018

 

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