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Al coronavirus no le gusta el jazz

Lee Konitz, Ellis Marsalis, Manu Dibango y Wallace Roney encabezan la lista de ilustres músicos fallecidos a consecuencia de la pandemia

 

Desde el inicio de la pandemia se comprobó que el coronavirus se cebaba especialmente con las personas de edad avanzada. Hasta mediados de mayo, casi la mitad de los fallecidos en España eran octogenarios. Y los que superaban los 90 representan cerca de la quinta parte. En el resto del mundo los porcentajes son similares. Así que estaba cantado que, tarde o temprano, el virus se llevaría por delante a más de un ilustre representante del jazz, un género en el que abundan los músicos de edad provecta en activo y a pleno rendimiento creativo. Lee Konitz, Ellis Marsalis, Wallace Roney y Manu Dibango encabezan la lista de fallecidos por culpa de una plaga que, en menor medida, también ha causado bajas en el rock (Adam Schlesinger, cantante de la banda Fountains of Wayne), el country (John Prine, Joe Diffie), el hip-hop (Ty, Fred the Godson) y la música electrónica (el DJ y productor Mike Huckaby).

 

El 15 de abril, el saxofonista Lee Konitz fallecía en un hospital de Nueva York víctima de una neumonía provocada por la Covid-19. Tenía 92 años. Nacido en Chicago en 1927, Konitz era uno de los escasos supervivientes de esa época dorada del jazz que se remonta a los años cuarenta del siglo pasado. Fue por entonces cuando comenzó su singladura musical apadrinado por el pianista Lennie Tristano, quien le enseñó cómo improvisar con criterio y le introdujo en el ‘cool jazz’. Tras mudarse a Nueva York, en 1949 participó en el álbum de Miles Davis ‘Birth of the Cool’, la grabación definitiva de esta corriente de sonido amable y tempo relajado, en contraposición a la rapidez y complejidad del ‘bebop’.

 

El crítico Gary Giddins comparó su forma de tocar con la de alguien que piensa en voz alta. Músico inquieto, curioso y con fobia al estancamiento, Konitz se desprendió pronto de la influencia de Charlie Parker y Lester Young para construir uno de los discursos más personales y valientes del jazz moderno, combinando tradición y vanguardia, explorando nuevas vías de expresión sin renunciar nunca a las raíces del género. Deja como herencia más de un centenar de grabaciones e infinidad de colaboraciones con músicos de todos los estilos del universo del jazz: Stan Kenton, Ornette Coleman, Charles Mingus, Bill Evans, Charlie Haden, Dave Brubeck, Elvin Jones, Chick Corea y Brad Mehldau, entre otros, contaron en algún momento con los servicios de su inimitable fraseo.

 

 

La muerte de Ellis Marsalis también significa el fin de una era, sobre todo en la historia musical de Nueva Orleans. Patriarca de uno de los clanes familiares más populares del jazz contemporáneo –integrado por seis hijos entre los que se encuentran dos titanes como Wynton y Bradford–, Marsalis será recordado por su decisiva e influyente labor como docente más que por su obra como intérprete. Si un buen profesor es aquel que consigue que sus alumnos desarrollen todo su potencial, él fue uno de los mejores. Además de sus vástagos, entre sus discípulos más aventajados se encuentran Terence Blanchard, Donald Harrison, Harry Connick Jr, Irving Mayfield, Nicholas Payton, Reginald Veal y los hermanos Marlon y Kent Jordan.

 

En sus inicios tocó el clarinete y el saxo tenor antes de decantarse por el piano. En 1962 participó en un disco de Nat Adderley grabado en directo en Nueva Orleans. Pasó los siguientes años actuando en clubes, programas de televisión y como mercenario en diferentes orquestas y bandas. Pianista refinado y versátil, su carrera como solista no terminaba de despegar, así que decidió volcarse en la enseñanza e impartir su magisterio en las aulas en vez de sobre los escenarios. La fama internacional que alcanzaron sus hijos Wynton y Bradford a comienzos de los ochenta fue el impulso que necesitaba para regresar al estudio de grabación y engordar su hasta entonces escuálida discografía con trabajos notables como ‘Fathers & Sons’ (1982), ‘Piano in E-Solo Piano’ (1986), ‘A Night at Snug Harbor, New Orleans’ (1989) y el extraordinario ‘Whistle Stop’ (1993), en el que interpreta canciones de compositores originarios de Nueva Orleans, su ciudad natal, donde falleció el pasado 1 de abril, a los 85 años, a causa de una neumonía.

 

Sin prejuicios

El virus también nos ha privado de uno de los principales iconos de la música africana moderna. Saxofonista de sonoridad carnosa y seductora, vocalista, vibrafonista, arreglista y director de orquesta, Manu Dibango murió el 24 de marzo en París a los 86 años. Apodado Le doyen (El decano), Papa Manu o simplemente Manu, saltó a la fama en 1972 gracias a la canción ‘Soul Makossa’, una pegadiza invitación al baile que triunfó en las discotecas de medio mundo. Michael Jackson la plagió en ‘Wanna be starting something’, tema incluido en su álbum ‘Thriller’ (1982). Su infeccioso ritmo disco-funk también ha sido sampleado por Rihanna (‘Don’t stop the music’) y Jennifer López (‘Feelin´ so good’).

 

Pionero en la difusión global de los ritmos del continente negro, Dibango nació en 1933 en Duala, Camerún, cuando el país todavía era una colonia francesa. En 1949, sus padres le enviaron a París para cursar el bachillerato, pero aparcó los estudios en cuanto descubrió el jazz. Fue una epifanía: “A través del jazz descubrí toda la música que amo”. Nunca tuvo prejuicios en incorporar a su coctelera musical todo tipo de sonidos, con especial predilección por la música latina y caribeña. Recorrió el mundo girando con las leyendas de la salsa Fania All-Stars, actuó con el gran Fela Kuti y a lo largo de seis décadas de carrera colaboró con artistas tan dispares como Herbie Hancock, Salif Keïta, Sly & Robbie, Eliades Ochoa y luminarias del pop como Peter Gabriel, Sting y Sinéad O´Connor.

 

Wallace Roney, uno de los trompetistas más brillantes de su generación, no llegó a cumplir los sesenta. Considerado el auténtico heredero de Miles Davis, fue uno de representantes más destacados de la nueva ola del neoclasicismo que impregnó el jazz a partir de los años ochenta. Antes de liderar su propia banda, formó parte de los legendarios Jazz Messengers de Art Blakey, y también trabajó a las órdenes de Chico Freeman y Tony Williams. Pero fue Miles Davis la figura que marcó su carrera. El salto a la fama llegó tras participar en el mítico concierto que Davis ofreció en el Festival de Jazz de Montreux en 1991.

 

Durante buena parte de su carrera, Roney tuvo que lidiar con el injusto sambenito de ser un mero clon del autor de ‘Kind of Blue’ (1959). ¡Claro que tenía cosas de Miles! Y también el talento necesario para depurar las enseñanzas de su mentor y llevarlas hacia delante. Nunca renegó de la influencia que ejerció en su música, porque como dijo en una entrevista, “cuando Charlie Parker empezó sonaba exactamente igual que Lester Young. El primer Coltrane parecía haberlo sacado todo de Dexter Gordon. Y las primeras cosas de Miles Davis parecían una copia del estilo de Dizzy Gillespie. Me da igual lo que digan los críticos. Solo me importa tocar con el corazón y ser honesto”.

 


 

Artículo publicado en junio de 2020 en el periódico BILBAO

 

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