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Bebo Valdés es eterno

Se publica una caja que recopila seis discos descatalogados y temas inéditos del genial pianista y compositor cubano, referente del son y precursor del jazz latino

 

Un día de marzo de 1994, Bebo Valdés recibió una llamada de su compatriota Paquito D’Rivera. El saxofonista estaba desesperado porque tenía que grabar un álbum para la discográfica alemana Messidor y no había escrito ni una sola nota. Bebo, que tenía un corazón tan grande como su talento, hizo las maletas y acudió en su ayuda. Se metieron en el estudio con una orquesta y en apenas cuatro días grabaron ‘Bebo Rides Again’, un disco extraordinario que rescató del olvido al genial pianista, compositor y arreglista cubano. Quién se lo iba a decir… Después de tres décadas alejado del circuito comercial, con 76 años y recién jubilado, el gran Bebo cabalgaba de nuevo.

 

Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro, más conocido como Bebo Valdés, nació en 1918 en Quivicán, un pueblecito de la provincia de La Habana. Falleció en Estocolmo en 2013, enfermo de Alzheimer. Fue un hombre humilde e íntegro al que nunca le importaron la fama, el dinero y las ansias de reconocimiento. Solo le preocupaba una cosa: que su música siguiera escuchándose cuando él ya no estuviera. Un deseo ahora cumplido gracias a su amigo Fernando Trueba, productor de buena parte de sus discos. “Su música es tan maravillosa porque él también lo era”, afirmaba el cineasta madrileño en la presentación de ‘Bebo de Cuba’ (Calle 54 Records-Universal Music), una caja que reúne seis álbumes que habían quedado descatalogados (‘El arte del sabor’, ‘Suite cubana’El solar de Bebo’Beautiful music’Bebo’Juntos para siempre’), un DVD con catorce temas inéditos y otro con el hermoso documental biográfico ‘Old Man Bebo’ que le dedicó Carlos Carcas.

 

Diseñada por Javier Mariscal, la caja se completa con un libro con textos y fotos que ilustran una vida larga y provechosa: sus años de juventud en Cuba, el exilio en 1960 tras el triunfo de la revolución castrista y su posterior retiro en Suecia, donde se ganó el sustento tocando el piano en hoteles mientras su nombre y su obra se disolvían en el imaginario colectivo. Tras Bebo de Cuba’ llegarán más reediciones de los trabajos que hizo en el tercer acto de su vida, el de su plenitud artística: el célebre Lágrimas negras’ (2003) junto al cantaor Diego el Cigala –más de un millón de copias vendidas y Mejor Disco del Año según The New York Times– y una caja con las actuaciones que ofreció en el Village Vanguard de Nueva York en noviembre de 2005, acompañado por el contrabajo de Javier Colina. Aunque parezca mentira, era la primera vez que Bebo tocaba en un club de jazz. Colina asegura que “aquella semana fue la más feliz de su vida”.

 

 

Creador del ritmo batanga, Bebo tenía un don, ese algo intangible y mágico que los flamencos llaman duende. “Como toca mi padre, aunque se estudie, no se puede tocar”, solía decir su hijo Chucho Valdés, también pianista, y de los mejores. Cuando escuchas cómo acaricia las teclas del piano con sus dedos enjutos y kilométricos, su música te transporta a otra época y otro lugar: a los años 50, cuando La Habana era una fiesta continua. El calor tropical y el sabor latino se combinaban en un ambiente de glamour y bohemia en casinos y cabarets.

 

La música de Benny Moré, Mario Bauzá, Machito, Pío Leyva, Guillermo Barreto y Chano Pozo sonaba en todas partes y los ritmos tradicionales de la isla caribeña se enriquecieron con el jazz que llegaba de Estados Unidos. En 1948, Bebo entró a trabajar como pianista y arreglista en el legendario cabaret Tropicana, por cuyo escenario desfilaron grandes figuras del jazz como Sarah Vaughan, Stan Kenton, Roy Haynes, Nat King Cole y Dizzy Gillespie. Los domingos por la noche, al terminar la función, músicos cubanos, mexicanos y estadounidenses se juntaban en el Tropicana para hacer descargas (el equivalente latino a las ‘jam sessions’), mezclando jazz y ritmos afrocubanos hasta el amanecer.

 

Exilio

Amaba el jazz. Bill Evans, Art Tatum y Hank Jones eran sus pianistas preferidos. Y Ernesto Lecuona, por supuesto. También sentía predilección por la música de los grandes compositores del Tin Pan Alley: Jerome Kern, Irvin Berlin, George Gerwshin y Cole Porter. Cuando Fidel Castro llegó al poder, le amenazaron con veinte años de cárcel. Su música fue declarada non grata, ya que el nuevo gobierno revolucionario consideraba el jazz como una influencia imperialista. Bebo nunca fue comunista. Su único credo político era la Constitución cubana de 1901. “Todo era ‘Patria o muerte’, y al que no le guste que se vaya”, recordaba. Y se fue. El 26 de octubre de 1960 se subió a un avión con el cantante Rolando Laserie y abandonó Cuba. Y a su familia, a su esposa Pilar y a sus cinco hijos. Tras pasar dos años en España actuando junto a Lucho Gatica, se instaló definitivamente en Suecia, donde rehízo su vida. Se casó de nuevo y tuvo otros hijos.

 

Chucho Valdés contó en una entrevista aquella dolorosa separación: “Me dijo que se iba a México a dar unos conciertos que tenía contratados y que, en su ausencia, me ocupara de la familia hasta que regresara… pero nunca volvió. Sentí un vacío enorme y tuve que responsabilizarme de todos con apenas 19 años. Sin embargo, que mi padre huyera de Cuba me ayudó a desarrollarme rápidamente como pianista”. Durante casi dos décadas padre e hijo no se hablaron. Se reencontraron en el rodaje del documental ‘Calle 54’ (2000). Y sellaron la reconciliación grabando, mano a mano, a dos pianos, el disco ‘Juntos para siempre’ (2008).

 

 

Apodado el Caballón por su gran estatura, en su juventud Bebo fue un tipo guapísimo, de elegancia natural y sonrisa inmensa y contagiosa. Javier Mariscal se inspiró en él para dibujar y dar vida a Chico, el protagonista de ‘Chico y Rita’ (2010), cinta de animación dirigida por Trueba. Ambientada en los años cuarenta en La Habana, narra la historia de amor a lo largo del tiempo entre un apuesto pianista cubano apasionado por el be-bop y una encantadora cantante que se gana la vida actuando en clubes y salas de baile.

 

Cuando la película estuvo terminada, Trueba quiso que Bebo fuera el primero en verla. El pianista se encontraba en su casa de Benalmádena, así que el cineasta viajó a Málaga y reservó un cine solo para Bebo y la cantante Estrella Morente, que había colaborado en el filme. “Fue muy emocionante. Nunca lo olvidaré en mi vida –recuerda Trueba–. Bebo estaba sentado en la butaca con la sonrisa de un niño, moviendo los brazos cada vez que entraba la música, como si estuviera dirigiendo a su banda. Al acabar se puso a llorar. Y yo nunca había visto a Bebo llorar. Me abrazó y me dijo: ‘Es el regalo más bonito que me han hecho nunca. Dentro de muchos años, seguirán oyendo mi música gracias a esta película’. Y para mí era una emoción de la hostia”.

 

Artículo publicado en abril de 2020 en el periódico BILBAO

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