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Bettye Lavette, vivir para cantarlo

Las promesas rotas truncaron su carrera. Pero nunca arrojó la toalla. Cumplidos los setenta, esta venerable dama del ‘soul’ disfruta de una merecida segunda juventud.

 

Vivimos tiempos volátiles y cortoplacistas. Todo sucede al momento pero nada perdura. Mañana queda demasiado lejos. Si no eres joven no existes. Y la experiencia, más que un grado, parece un lastre. Sin embargo, sigue habiendo historias que necesitan toda una vida para ser contadas. Y canciones que necesitan toda una vida para poder cantarlas, para comprender la gravedad de las palabras y los sentimientos que conjuran. No puedes cantar Ne me quitte pas si nunca te han hecho añicos el corazón en mil pedazos. Y My Way solo resulta creíble en la voz de un bon vivant como Sinatra, que hizo y deshizo lo que le vino en gana.

 

A Bettye Lavette las arrugas le han otorgado la autoridad suficiente para hacer pasar como propias las experiencias ajenas. Y te la crees. Cante lo que lo cante. Desde la primera estrofa. Aunque la fortuna siempre le fue esquiva, nunca arrojó la toalla. Su carrera está plagada de promesas rotas. Sufrió durante medio siglo la soledad del corredor de fondo, pero resistió hasta conseguir el reconocimiento que merecía. En enero, esta venerable dama del soul y el rhythm and blues cumplió 72 años. Ahora disfruta de una segunda juventud artística. Nunca es demasiado tarde.

 

Acaba de publicar Things Have Changed (Verve Records), un disco espléndido producido por Steve Jordan en el que se apropia de una docena de canciones de Bob Dylan arropada por una banda de lujo: Leon Pendarvis a los teclados, Pino Palladino al bajo y Larry Campbell y Keith Richards a las seis cuerdas. “Su voz me transporta, transmite una sensación de movimiento y emoción que no encuentro en otras cantantes. ¿Cómo ha podido esta mujer estar olvidada durante tanto tiempo?”, se pregunta el guitarrista de los Rolling Stones.

 

En esta ocasión ha elegido a Dylan, pero su intención no ha sido rendirle tributo al bardo de Duluth. “Lo único que pretendía es que esas canciones encajaran en mi boca. Moldearlas como si hubiesen sido escritas para mí”, declaraba en una entrevista reciente. Después de pasar por sus manos, ninguna canción vuelve a ser la misma. Porque las canciones, dice, no son más que palabras escritas en un pedazo de papel que solo cobran vida cuando alguien las canta. Incluso modifica las letras para adecuarlas a su experiencia vital, porque “nadie escribe exactamente lo que yo quiero decir”. En su voz raspada y aguardentosa, un tema tan manido como The Times They Are A-Changin’ suena como si lo escucharas por primera vez. Si Things Have Changed no es el mejor disco que versiones que nunca se ha hecho sobre Dylan, poco le falta.

 

 

Bettye Lavette nació en 1946 y se crió en Detroit. A diferencia de otras vocalistas de soul de su generación no aprendió a cantar en la iglesia. Por las noches, después de salir del trabajo, sus padres se dedicaban a vender whisky y salchichas en el jardín de casa. Enchufaban el juxebox y los vecinos del barrio acudían a beber y escuchar música. Aquellas fiestas fueron su única escuela. Solo tenía 16 años cuando fichó por la discográfica Atlantic. Su single de debut, My Man. He’s A Loving Man (1962) escaló hasta el décimo puesto en las listas de rhythm and blues. Actuó por todo el país junto a otros dos jóvenes cantantes que también trataban de hacerse un hueco en el negocio: Ben E. King y Otis Redding.

 

Sin embargo, estaba convencida de que Atlantic no estaba haciendo lo suficiente por promocionar su carrera. Así que un día habló con el jefe Jerry Wexler para romper su contrato. Reconoce que fue la peor decisión que ha tomado en su vida. Se pasó los siguientes años grabando sin éxito en sellos de tercera fila, engañada por representantes sin escrúpulos que prometían convertirla en la próxima Aretha Franklin. Por entonces triunfaba el soul edulcorado de la factoría Motown, y su estilo era demasiado feroz para el público blanco. El dinero comenzó a escasear y durante un tiempo incluso trabajó como prostituta. “Era una groupie estupenda, pero una puta horrible”, confesaba en su biografía A Woman Like Me.

 

En 1972 parecía que la suerte, por fin, le comenzaba a sonreír. Atlantic la repescó con la promesa, ahora sí, de convertirla en una estrella, y se la llevó a los míticos estudios Muscle Shoals de Alabama para grabar, bajo la supervisión de Brad Shapiro, el que iba a ser su primer larga duración, Child of the Seventies (1972). Por razones que nunca han quedado claras, el disco no salió a la venta y permaneció oculto durante más de 30 años. No fue hasta 2006 cuando la discográfica Rhino rescató esta joya perdida de la música negra, en la que Lavette funde con maestría soul sureño, funk, country y rock (versiones de It Ain´t Easy de David Bowie y Heart Of Gold de Neil Young).

 


 

Tiempos difíciles

En sus memorias rescata una anécdota de finales de los setenta, cuando ya nadie se acordaba de ella, en la que describe el negro futuro que la esperaba: “Una noche entré en un bar y pedí un trago. Había una mujer cantando en el escenario delante de una banda de mamarrachos. Tendría unos sesenta años y estaba gorda. Su maquillaje se corría por las mejillas. Su ropa estaba raída. La escuchaba y me di cuenta de que una vez su voz fue poderosa. Pero ahora sus ojos eran tristes. Recorría el escenario esperando a que el público le metiera un dólar o dos en las bragas. Algunos lo hicieron. La mayoría, no. De repente, un tipo gritó: ‘¡Pon el jukebox. Cualquier cosa es mejor que esta zorra!’. Quise estrangularle. Y quise llorar. Porque quería dejar de verme reflejada en esa mujer”.

 

Pagó las facturas actuando en musicales de Broadway y cantando en clubes nocturnos los éxitos del momento, temas de Paul Simon, Bee Gees, Cyndi Lauper y Anita Baker. Ni se arrepiente ni reniega: “Un día dejé de lamentarme y comencé a incorporar todas esas experiencias negativas a mi forma de cantar. Ahora, cuando canto, lo que escuchas es todo lo que me ha pasado. Es mi vida”. Y eso, toda una vida, fue precisamente lo que escuchó Andy Kaulkin cuando acudió a uno de sus conciertos. “Lo que hace Bettye es extremadamente teatral. No es una cantante. Es una dramaturga. No sube al escenario a cantar canciones. Las interpreta. Son piezas de teatro”, recuerda el capo de la discográfica Anti.

 

Kaulkin le propuso grabar un disco con temas escritos por mujeres. Con la ayuda del productor Joe Henry, seleccionaron composiciones de Sinead O’Connor, Lucinda Williams, Aimee Man, Fiona Apple y Dolly Parton. La intensidad emocional de I’ve Got My Own Hell To Raise (2005) sedujo a la crítica y concitó de nuevo la atención del público. La confirmación del segundo advenimiento de esta mujer irreductible tuvo lugar en 2008 en el homenaje que la industria musical rindió a la banda británica The Who. Su interpretación de Love Reign O’er Me emocionó a Pete Townshend y Roger Daltrey. Bettye había regresado. Y esta vez era para quedarse. Definitivamente. Ahora es ella quien manda. El año pasado, después de una actuación, Pharrell Williams entró en su camerino y le dijo: “Yo puedo producirte un disco”. Ella le miró y respondió: “No, tú no puedes”. Bendita madurez.

 


Artículo publicado en el número de noviembre de 2018 del periódico BILBAO

 

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