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Bob Marley, el mito no cesa

‘Tanto que contar’ es un relato coral que repasa la vida y milagros del legendario músico jamaicano a través de los testimonios de quienes mejor lo conocieron

 

El 11 de mayo de 1981, Bob Marley fallecía en un hospital de Miami víctima de un cáncer. Han transcurrido casi cuatro décadas y el rey del reggae sigue gozando de un nivel de reconocimiento incluso superior al que tuvo en vida. Elevado a la categoría de mito tras su muerte, el culto a su figura despierta, todavía hoy, una devoción solo comparable a la que recibe el Che Guevara. El recopilatorio póstumo de grandes éxitos ‘Legend’ (1984) se mantiene entre los discos más vendidos de la historia con más de treinta millones de copias y ostenta la distinción de ser el álbum que más tiempo ha permanecido en la lista Billboard. De los clubes de Londres y Tokio a las chabolas de Mombasa y Soweto, sus himnos de resistencia, redención, amor y esperanza continúan sonando en todos los rincones del planeta.

 

Ni Elvis Presley, ni Beatles, ni Rolling Stones. La primera estrella global de la música fue un muchacho jamaicano que conquistó el mundo armado únicamente con su voz, una guitarra y un puñado de canciones imbatibles que combinan melodías pegadizas y bailables con sincera conciencia social. “Su genialidad lírica estaba fundada en su habilidad para traducir lo personal en algo político, lo privado en algo público, y lo particular en algo universal”, escribe el músico y poeta Linton Kwesi Johnson en la introducción de ‘Tanto que contar’ (Malpaso), biografía oral firmada por Roger Steffens que repasa su vida y milagros a través de los testimonios de quienes mejor lo conocieron: familiares, amigos, músicos, confidentes, periodistas, fotógrafos y gerentes de sellos discográficos hablan con franqueza, algunos por primera vez, de las experiencias que vivieron junto al cantante.

 

Considerado uno de los mayores eruditos de reggae del mundo, Steffens se encarga de ordenar de forma cronológica los recuerdos de más de setenta entrevistados, un coro de voces que a veces ofrecen visiones contrapuestas (hay pocas cosas menos fiables que la memoria), para dar forma a un relato coral del que surge un Marley no muy diferente al que ya conocíamos, pero sí un poco más humano. Fue una persona buena y generosa, con un carisma y una determinación fuera de lo común, que se mantuvo fiel a sus convicciones incluso cuando comenzó a amasar una fortuna. Pero también fue un personaje complicado y contradictorio, un hombre, al fin y al cabo, con las mismas debilidades de cualquier hombre. Apasionado del fútbol y mujeriego incorregible, un perfeccionista radical que no toleraba la desidia y manejaba a los músicos con la disciplina férrea de un James Brown.

 

 

Pobreza y racismo

“Bob Marley se convirtió en la voz del dolor y la resistencia del Tercer Mundo, del que lo pasa mal en la jungla de asfalto, del que no ha de quedar omitido para siempre”, apunta el crítico musical Jon Pareles. Hizo suya la causa de los desheredados, sin paternalismos y con la autoridad moral que otorga haber sido uno de ellos. Hijo de una mujer negra y un jamaicano blanco que sirvió como soldado raso en el ejército británico, su infancia estuvo marcada por la pobreza, el abandono y el racismo. Apenas conoció a su padre, siempre ausente, y sufrió el rechazo tanto de los blancos como de los negros, que lo llamaban “el crío amarillo” mofándose de su tez mestiza.

 

“Era un niño asilvestrado. Era como el patito feo. Tenía que valerse por su cuenta. Nadie le daba nada. Era una cuestión de supervivencia. Estamos hablando de lo más básico: comer y beber. Muchas veces tuvo que dormir en el frío suelo con una piedra por almohada. A Bob nada le vino regalado”, recuerda Bunny Livingstone, amigo de la infancia y futuro miembro de los Wailers, el trío en el que que se dio a conocer durante los sesenta en la escena musical de Jamaica.

 

Desde pequeño empezó a manifestar poderes intuitivos de una asombrosa precisión. Su madre cuenta que era capaz de adivinar el futuro leyendo la palma de la mano: “Sabía que no iba a estar aquí mucho tiempo, así que no podía demorarse en su misión. Un día me dijo: voy a morir a los treinta y seis años”. Y acertó. El poeta y escritor Geoffrey Philp relata su primer encuentro con Bob: “Estaba sentado debajo de una acacia. Me presenté y él me invitó a sentarme a su lado. Comenzó a contarme cosas de mi vida que nadie, ni siquiera mi madre, conocía. No podía concebir que alguien a quien conocía desde hacía apenas cinco minutos pudiera saber tanto sobre mí”.

 

Cuando en 1973 la formación original de los Wailers se disolvió, Marley decidió seguir adelante y difundir su mensaje de amor universal fuera de la isla: “Amo a Jamaica y a su gente, pero tengo que empezar a moverme a lo largo y ancho del mundo. Mi madre me dice que Dios es el padre de los sin padre. Así que debo ir donde él me envíe”. Aspiraba al estrellato internacional. Y lo consiguió de la mano de Chris Blackwell. El capo de Island Records introdujo una serie de cambios que resultaron cruciales para triunfar en el mercado anglosajón: convenció a Marley para grabar nuevas versiones de sus viejos temas añadiendo guitarras eléctricas como gancho para el público rock, amplió la banda con las I-Three, un vistoso trío de coristas, y contrató como manager a Don Taylor, un tipo avispado que había trabajado en Estados Unidos con artistas soul como Martha Reeves y Little Anthony & The Imperials. Los puristas del reggae, claro, clamaron al cielo.

 

 

Steffens dedica varios capítulos del libro a intentar esclarecer quién estuvo detrás del tiroteo que casi acabó con su vida el 3 de diciembre de 1976. Aquella noche, mientras ultimaba con su grupo los ensayos de Smile Jamaica, un concierto gratuito con el que quería agradecer el apoyo que siempre había recibido en la isla, seis pistoleros irrumpieron en su mansión de Kingston y abrieron fuego. Don Taylor recibió cinco balazos y Marley fue herido en un brazo. Milagrosamente, nadie murió. Aunque el motivo del asalto nunca estuvo claro, cobra fuerza la hipótesis que de se trataba de un asunto político.

 

Al poco de conocerse la fecha de Smile Jamaica, el primer ministro Michael Manley, del People’s National Party (PNP), se apresuró a adelantar las elecciones. Bob había apoyado al PNP en el pasado, así que dio la impresión de que estaba haciendo campaña a favor de Manley. Todo apunta a que el intento de asesinato fue una operación orquestada por el partido en la oposición, el Jamaica Labour Party (JLP), con la colaboración de la CIA, para impedir que el concierto tuviera lugar. Fracasaron. Smile Jamaica se celebró dos días después del tiroteo bajo un clima de miedo y tensión. Cuando finalizó su actuación, Marley hizo las maletas y se exilió en Londres.

 

No regresó a la isla hasta 1978, cuando accedió a participar en el concierto One Love Peace, que celebraba el fin de las hostilidades entre el PNP y el JPL. Mientras interpretaba la canción ‘One Love’, invitó a los líderes de ambos partidos a subir al escenario. Entonces cogió las manos de Michael Manley y Edward Seaga y las juntó por encima de su cabeza. Fue un gesto cargado de simbolismo que selló la paz en un país que se desangraba por la violencia. Un gesto valiente que en ese momento solo podía llevarlo a cabo Bob Marley. Nadie más.

 
 

Artículo publicado en enero de 2020 en el periódico BILBAO

 

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