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Canciones para no olvidarte

Rob Sheffield perdió a su mujer. La encontró en las canciones que los unían. Y lo cuenta en ‘Vives en las cintas que me grabaste’, un emocionante relato sobre el poder evocador de la música.

 

Nuestros sentidos son como la máquina del tiempo que imaginó H.G. Wells. Basta un olor, un sabor para transportarnos a un momento determinado de nuestro pasado. Que se lo digan a Marcel Proust y su famosa magdalena. Con la música sucede lo mismo. Las canciones son cápsulas temporales que capturan un instante y lo mantienen a buen recaudo, aguardando a que un día cualquiera encendamos la radio y escuchemos aquella melodía que asociamos para siempre a un capítulo de nuestra vida. Son el mejor remedio contra el olvido.

 

Rob Sheffield, columnista de la revista musical ‘Rolling Stone’, perdió a su mujer víctima de una embolia pulmonar. Se llamaba Renée Crist y solo tenía 31 años cuando murió. Ella le dejó demasiados recuerdos y una caja llena de cintas que se grabaron. Cintas para bailar, para dormir, para lavar los platos, para sacar al perro… Rob las guardó todas. Y escucharlas fue una forma de no olvidar quiénes eran. Lo cuenta en el libro Vives en las cintas que me grabaste’ (Blackie Books), un relato emocionante sobre el amor, la pérdida y el poder evocador de la música pop.

 

Se conocieron gracias a un disco de Big Star. Rob estaba en un bar y el camarero puso Radio City’. Entonces se fijó en una chica. “Fue la única persona de todo el local que reaccionó. Bebimos bourbon y empezamos a hablar de lo mucho que nos gustaba Big Star. Resultó que nuestra canción preferida era la misma: la balada acústica Thirteen’. Ella nunca había oído su tercer álbum, Sister Lovers’. Naturalmente, le dije lo mismo que le había dicho a todas las mujeres de las que me he enamorado: ‘¡Te grabaré una cinta!’. Solo que esa vez, con esa chica, funcionó”, recuerda. Se enamoraron, escucharon canciones juntos, escribieron crónicas de conciertos a cuatro manos. Y se quisieron mucho.

 

Hace horas que el sol se ha puesto en Brooklyn. Comienza el ritual. En su apartamento, Rob prepara una cafetera, coloca una silla junto a la ventana y enciende un radiocasete portátil para escuchar una cinta recopilatoria que ella grabó en 1993. Intuye que la noche va a ser larga. La primera canción que suena es Shoot the Singer’ de Pavement, la banda preferida de Renée. Con una taza en la mano, cierra los ojos y se abandona a los recuerdos: “Dejo que la música haga conmigo lo que se le antoje. Es una cita. Estamos solos, Renée, las canciones que ella eligió y yo. Todas estas melodías me recuerdan a ella”.

 


 

Según Sheffield, no hay nada como una vieja cinta recopilatoria para revivir las experiencias vitales que han quedado marcadas con una muesca en nuestra memoria. “Esas cintas almacenan mejor mis recuerdos que mi tejido cerebral. Cada cinta de mezclas cuenta una historia. Ponlas todas juntas y tendrás la historia de una vida”. Vives en las cintas que me grabaste’ es exactamente eso, la historia de su vida contada a través de las canciones que grabó en esos cachitos de hierro y cromo: el baile de fin de curso en el que se encargó de poner la música, los campamentos de verano al ritmo de Led Zeppelin, aquella canción de Martha and the Vandellas en la que se refugió tras su primera ruptura sentimental…

 

Hay cintas recopilatorias de todo tipo, cuenta. Y siempre hay un motivo para grabar alguna: una fiesta en casa, un viaje en coche, dar un largo paseo, conquistar a la chica que te gusta, hacer el amor, o intentar recuperarlo cuando te han roto el corazón. Tiene además una curiosa teoría: las cintas tienen el poder de liberar las canciones y “devolverlas al miasma frenético del rock and roll”. Prefiere oír Getting Better’ de los Beatles en una cinta de mezclas que escuchar el Sgt. Pepper’ entero. O una de Frank Sinatra insertada entre Run-DMC y Bananarama que entre otras dos canciones de Sinatra.

 

Intimidades

Si te gusta la música, este libro te va a encantar. Aunque no hace falta que hayas escuchado a L7, Elliot Smith, Cheap Trick, The B-52’s o Meat Puppets para sentirte identificado con lo que cuenta. Puedes sustituirlos por tus grupos preferidos. Da lo mismo. Todos tenemos nuestra propia banda sonora. Porque estas memorias son, ante todo, una historia de amor. Uno de sus encantos reside en el relato sincero de las intimidades de una relación de pareja. Esos pequeños detalles a los que no damos importancia pero que en realidad nos revelan y definen más que los grandes gestos. Como cuando describe la forma en que Renée se encorvaba encima de la máquina de escribir, su manía por teñirse el pelo de rojo o comprar demasiados zapatos, su afición por la costura, su manera de bailar, saltando como una loca en la primera fila de los conciertos… Escenas cotidianas que en una película quedarían fuera del montaje final porque se supone que no aportan nada a la trama, pero que en la vida real lo son todo.

 

El 11 de mayo de 1997 fue una perezosa tarde de domingo. Habían pasado la noche del sábado en casa, los dos solos, escuchando discos de R.E.M., Liz Phair, The Replacements y The Feelies hasta que se quedaron dormidos. Al día siguiente, ella cosió un poco mientras veía un partido de béisbol en la tele. Él estaba en la cocina preparando tostadas con canela y café. Renée se levantó, dio un paso y se desplomó encima de la silla de su despacho: “Yo fui corriendo. La cogí con los dos brazos mientras intentaba hablar con ella. La forense me dijo que había muerto al instante, que las embolias pulmonares matan en menos de un minuto”.

 

Rob siguió grabando cintas que se convirtieron en los botes salvavidas a los que se aferraba para sobrellevar su ausencia. Descubrió nueva música que le encantaba y lamentaba no poder compartirla con ella. Empezó a tener la sensación de que todas las canciones de la radio hablaban sobre la muerte de Renée. En 2002 se mudó a Brooklyn. Y conoció a una chica. Oyó su voz por primera vez en la radio del coche. Ella estaba emitiendo un programa de tributo a los Pixies. “Me grabó una cinta para mi cumpleaños, con un montón de canciones increíbles”. Y, claro, se enamoró.

 

Alguna vez he fantaseado que tenía quince años en 1968 y que entraba en una tienda de discos para comprar el último álbum de los Beatles, Jimi Hendrix o Aretha Franklin. O que iba con mis amigos a un concierto de The Doors o The Velvet Underground. Dicen que aquel fue el mejor año de la historia del rock. Aunque, en realidad, la mejor época de la historia de la música es la que vivimos junto a la persona que amamos. Para Rob, aquella época fueron los años noventa, una década injustamente denostada. Teníamos a Sonic Youth, Pixies, Mudhoney, R.E.M., Pavement, Primal Scream, PJ Harvey, Green Day y Radiohead. No fue una mala cosecha. El rock corporativo había muerto y las emisoras de radio pinchaban Nirvana a todas horas. 1991 fue el año en que el punk estalló (por segunda vez). También fue el año en que Rob y Renée se casaron. Thirteen’ fue la canción que eligieron para el primer baile de su boda. La canción que los había unido para siempre una noche de 1988 en aquel bar de Charlottesville.

 

 

Artículo publicado en octubre de 2018 en el periódico BILBAO

 

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