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Yo conocí a Billie Holiday

Mitos y habladurías rodearon como una espesa niebla la corta vida de esta mítica cantante de jazz. Aquí tienen su historia vista con ojos ajenos.

 

La historia de cómo se gestó ‘Con Billie Holiday. Una biografía coral’ (Libros del Kultrum) es tan apasionante como su contenido. Una historia de tintes detectivescos que se remonta a comienzos de la década de los setenta, cuando una joven periodista llamada Linda Kuehl se propuso escribir una biografía de la mítica cantante de jazz. Entrevistó a más de 150 personas que trataron con Billie en algún momento de su corta vida: amigos de la infancia, novios, músicos, abogados, camellos, policías, proxenetas y maleantes. También recopiló recortes de periódicos, documentos legales, historiales médicos, archivos policiales, fotos, cartas e incluso listas de la compra. Pedazos de una vida que no pudo recomponer.

 

Trabajó en el libro durante años. Sin embargo, fue incapaz de pasar de los primeros capítulos, que escribía y reescribía una y otra vez. La editorial Harper & Row, que había accedido a publicar el manuscrito, se cansó de esperar y la dejó en la estacada. En enero de 1979, Kuehl viajó a Washington para asistir a un concierto de Count Basie, en cuya orquesta tantas veces cantó Billie. Después regresó al hotel, escribió una nota y saltó desde la ventana de su habitación en el tercer piso. Su familia guardó todas las grabaciones y documentos hasta los años noventa, cuando los vendió a un coleccionista privado.

 

La escritora británica Julia Blackburn tuvo acceso a los archivos y comprobó que aquello era oro puro. Recuperó el material reunido por Kuehl y dio forma a esta biografía heterodoxa que repasa la vida de Billie Holiday a través de los recuerdos de quienes la conocieron. Da igual si algunas versiones difieren o los testimonios se contradicen. O si a veces parece que hablan de mujeres distintas. Aunque no hay nada menos fiable que la memoria –resulta curioso cómo modificamos o eliminamos a nuestro antojo aquellos episodios del pasado que pueden estropear la imagen idílica que pretendemos proyectar en los demás– es la mirada ajena la que nos descubre y revela. Sin ella nuestro retrato quedaría incompleto.

 

Algunos de los entrevistados eran ancianos de mente frágil y olvidadiza. Otros estaban borrachos o colocados. “Huele a alcohol”. “Suda y no para de moverse por el efecto de la cocaína”, anota Kuehl. El pianista Jimmy Rowles confiesa haber estado bebiendo antes de la entrevista. Sigue dándole al trago mientra habla. Y se va exaltando hasta que sus ojos vidriosos creen ver el fantasma de la cantante. O el también pianista Carl Drinkard, que “devana una madeja de fanfarronadas y alucinaciones de drogadicto en la que no es fácil distinguir dónde acaba la realidad y dónde comienza la ficción”. Excelente entrevistadora, Kuehl consigue que se sinceren hasta los tipos que jugaron un papel miserable en el hundimiento de la carrera de Billie. Como el agente de estupefacientes Jimmi Fletcher. En 1947 la detuvo por posesión de drogas. Delante de la grabadora reconoce que todo fue una trampa y confiesa emocionado que lo hizo porque estaba enamorado de ella.

 

Blackburn admite que resulta imposible dilucidar una verdad absoluta sobre la artista, sobre cómo fue o cómo vivió. Durante toda su vida, “un sinfín de mitos, habladurías y tergiversaciones la rodearon como una niebla espesa”. Una niebla que la propia Billie no contribuyó a disipar. Al contrario. Era una gran fabulista, mentía sin complejos y tenía una gran imaginación, como demostró en ‘The Lady sings the blues’, la autobiografía que en 1956 dictó al amanuense William Dufty, un relato confesional plagado de mentiras y medias verdades en el que exhibe sus vicios e implora la redención por los pecados cometidos.

 

Mala vida

El productor y cazatalentos John Hammond recuerda que cuando en 1933 descubrió a la joven Billie Holiday, “pesaba casi cien kilos y era increíblemente hermosa”. Cuando falleció en 1959 a los 44 años, su cuerpo era un guiñapo, parecía el de una sexagenaria. Su verdadero nombre era Eleanora Fagan y nació en Filadelfia el 7 de abril de 1915. Hija de padres adolescentes, pasó buena parte de su infancia en un reformatorio por faltar a la escuela y “carecer de las atenciones y la custodia adecuadas”. Con solo 11 años fue violada por un vecino. En 1929 se mudó a Nueva York para reunirse con su madre, que vivía en un burdel del barrio de Harlem. Fue su primera toma de contacto con la prostitución.

 

Se educó musicalmente escuchando a Louis Armstrong, Bessie Smith y Ethel Waters, que al igual que ella también sufrieron infancias miserables. Comenzó a cantar en el club Mexico’s, paseándose por las mesas “como un violinista gitano en un café de Budapest”, recuerda el contrabajista Spike Hughes. Cuando Artie Shaw la contrató como vocalista para actuar con su orquesta en el Hotel Lincoln, comprobó lo que significaba ser mujer, negra y pobre en una sociedad racista: “No me dejaban ir al bar o al comedor. Me hacían entrar y salir por la cocina. Y tenía esperar sola, toda la noche, en un cuarto minúsculo a que alguien viniera a buscarme para cantar”.

 

 

“De los árboles del sur cuelga una fruta extraña. Sangre en las hojas, y sangre en las raíces. Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. Extraña fruta cuelga de los álamos. Escena pastoral del valiente sur. Los ojos saltones y la boca retorcida”. Así comienza ‘Strange Fruit’, un clásico de su repertorio que narra el ahorcamiento de dos hombres negros en Indiana. La interpretó por primera vez en el Café Society de Nueva York una noche de marzo de 1939. Cuando terminó abandonó el escenario y se largó al lavabo de señoras para vomitar: “Cantarla me afecta tanto que me pongo mala. Me deja sin fuerzas”.

 

Billie era como un panal de miel que atraía a todo tipo de moscones. Se pasó la vida rodeada de chulos y vagos que solo pretendían sacarle los cuartos. Como revela esta grabación clandestina de una conversión telefónica de Louis McKay, su manager y último marido: “Todas las mujeres que he tenido eran grandes personas, buena gente. ¿Y por qué tengo que aguantar a esta zorra? Ella va por ahí regalándole el coño a cualquiera. Yo no trabajo así. ¡Yo me dedico a vender! Me jode a mí y a mi dinero. No gana nada. Voy a dejar que siga así hasta que se estrelle”. Y se estrelló.

 

Se convirtió en la adicta más famosa del país. Un blanco fácil para policías sin escrúpulos que, antes de detenerla, avisaban a los fotógrafos para que su careto apareciera al día siguiente en la portada de los periódicos. Tras ser encarcelada por posesión de drogas, perdió la tarjeta necesaria para poder actuar en los clubes de Nueva York. Así que se vio obligada a realizar giras desastrosas por el Sur de Estados Unidos, cantando para paletos racistas incapaces de apreciar su arte.

 

El libro desvela detalles sórdidos, como la costumbre que tenía de pasearse desnuda en el camerino, intentando encontrar en su cuerpo decrépito una vena sana donde inyectarse un chute de heroína. En una entrevista concedida a un periódico de Boston en abril de 1959, dos meses antes de su muerte, Billie dijo: “No tengo suplente. Cada vez que actúo me enfrento a todo lo que se ha escrito sobre mí. Tengo que luchar en el escenario para que la gente crea lo que dicen sus oídos y vuelva a confiar en mí”.

 

 

 
Artículo publicado en julio de 2019 en el periódico BILBAO
 

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