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Esto es crítica rock en estado puro

La editorial Libros del Kultrum debuta a lo grande con ‘Reacciones psicóticas y mierda de carburador’, una antología de ensayos y artículos firmados por el legendario periodista musical Lester Bangs

 

Ya nadie escribe crítica rock como Lester Bangs (1948-1982). Bueno, ni ahora ni antes. De verbo torrencial, erudito y visceral, apasionado y exigente, fue el paradigma del crítico musical íntegro e insobornable. Nunca se casó con nadie. Era capaz de poner a parir el último disco de cualquier gran estrella del rock, se llamara John Lennon, Lou Reed o David Bowie. Sin importarle ni las presiones ni las consecuencias derivadas de unos textos que rezuman una honestidad brutal. Aficionado al alcohol y las drogas, provocador e irreverente, forjó en poco tiempo un estilo excéntrico, personal e inimitable, una mezcla explosiva que bascula entre el periodismo gonzo de Hunter S. Thompson, la escritura beatnik de Jack Kerouac y la prosa etílica de Charles Bukowski.

 

La editorial Libros del Kultrum acaba de publicar ‘Reacciones psicóticas y mierda de carburador’, una estupenda y desternillante antología que recopila, por primera vez en español, algunos de los ensayos, artículos y reseñas que Bangs publicó desde mediados de los años setenta hasta su prematura muerte, con solo 33 años, en las revistas Rolling Stone, Creem y Village Voice. Greil Marcus, otro de los grandes tótems del periodismo musical, se ha encargado de la edición de los textos. “Este libro –confiesa Marcus en el prólogo– es mi versión de la obra que nos legó Lester Bangs. No es una recopilación ni una selección representativa, sino un intento de retratar a un hombre que está creando una visión del mundo, llevándola a la práctica, afrontando las consecuencias y tratando de seguir adelante”.

 

Creció en Escondido, un pueblucho perdido de California que hacía honor a su nombre, en el seno de una familia disfuncional. Sus padres eran testigos de Jehová, religión que él abominaba. Enfermo por el rock and roll y el jazz de vanguardia, se matriculó en la Universidad de San Diego y participó en talleres literarios para moldear su pasión por la escritura. En su tiempo libre se dedicaba a redactar críticas corrosivas de bandas como Grateful Dead y Steve Miller Band que enviaba a Rolling Stone, donde finalmente le publicaron una reseña vitriólica del álbum ‘Kick Out the Jams’ de MC5 que decía: “Hace cosa de un mes, MC5 obtuvieron un artículo de portada en Rolling Stone, que les proclamaba como la Nueva Sensación. No importaba que llegasen como una banda de viejos punks de dieciséis años en pleno viaje de anfetas (..). Bien, el disco acaba de salir y ya podemos juzgar por nosotros mismos. La mayor parte de las canciones no se distinguen unas de otras en su primitiva estructura de dos acordes. Todo esto ya lo has escuchado antes en gente tan notable como los Seeds, Blue Cheer, Question Mark & The Mysterians y los Kingsmen. La diferencia está en el bombardeo publicitario que hará vender centenares de miles de copias de este disco y que oculta las vistas de este desguace de clichés y ruido desagradable”. No está mal para empezar.

 

Tras entrar a formar parte del grueso de colaboradores de la revista, Bangs se convirtió en una figura en el mundillo del rock and roll. Fue, seguramente, el primer crítico-estrella de la historia. ¿Qué otro periodista musical puede presumir, aunque sea desde la tumba, de ser nombrado en una canción de R.E.M. (‘It´s the End of the World as We Know It’) y de los Ramones (‘It´s Not My Place’)? ¿O de que lleven tu vida a la gran pantalla (en la película ‘Casi famosos’) y te interprete Philip Seymour Hoffman?

 

A diferencia de hoy en día, cuando la prensa musical apenas emite juicios negativos y se ha convertido en un apéndice complaciente de la industria discográfica, en los años setenta una reseña firmada por alguien tan influyente como Bangs era capaz de catapultar a la fama o hundir la carrera de cualquier músico. En 1973 fue despedido de Rolling Stone por mostrarse irrespetuoso y despectivo con los artistas con más éxito. Durante el siguiente lustro firmó sus artículos en Creem, una revista mensual con base en Detroit especializada en el rock más enérgico. Pasó sus últimos años en Nueva York, donde vivió en primera línea la detonación del punk. Se entusiasmó con el disco ‘Blank Generation’ de Richard Hell & The Voidoids y el debut de Patti Smith. Pero no tardó en renegar de la escena cuando ésta se convirtió en un amasijo de convencionalismos.

 

 

Mata a tus ídolos

Nunca tuvo reparo alguno en llevar la contraria a la opinión dominante. Tenía una visión propia y era fiel hasta las últimas consecuencias. Si todo el mundo pensaba que ‘Ziggy Stardust’ de David Bowie es una obra maestra, para él no era más que “un montón de mierda”. Prefería ‘Young Americans’ y ‘Station To Station’. Y lo justificaba con argumentos. Estés de acuerdo o no. Tampoco titubeaba a la hora de criticar a sus ídolos. “Qué duro es tener héroes. Es lo más penoso del mundo. Más arduo que serlo”, escribe. Bangs tuvo una obsesión. Y se llamaba Lou Reed.

 

Matar al padre es una figura metafórica que utilizaba Sigmund Freud para expresar el momento en que maduramos y renegamos de nuestros progenitores. Algo parecido a eso fue la relación de amor-odio que mantuvo con el cantante neoyorkino. Su entrevistado favorito. Fanático de su música desde los tiempos de The Velvet Underground, “la banda que fundó el rock moderno”, fue implacable a la hora de denunciar la deriva que, en su opinión, tomó su carrera tras la publicación de ‘Metal Machine Music’. Reed pasó de ser “el tipo que le dio dignidad y poesía al rock and roll” a transformarse en “un pervertido profundamente depravado, un mentiroso, un talento desperdiciado, un macarra que vive a costa del nihilismo tontorrón de toda una generación, la de los setenta, que ni siquiera tiene la energía necesaria para suicidarse”.

 

Hoy el rock no significa nada, pero hubo un tiempo en que fue una parte fundamental en la vida de toda una generación. Lester Bangs creía con fervor en la fuerza transformadora y redentora de una música que siempre reivindicó como la más vital e innovadora de las artes populares. Asociaba el rock a unos valores éticos y pedía al lector el mismo compromiso y posicionamiento que plasmaba en sus artículos. Vale, ningún disco puede salvarte la vida, pero sí hacer que tu existencia sea un poco más llevadera.

 

Escuchar música es una experiencia emocional. Activa nuestros resortes más íntimos. Es la razón por la que asociamos un disco o una canción a un momento concreto de nuestra vida. Hay canciones que nos apelan directamente y nos invitan a convertirnos en el protagonista de su relato. Por eso en los textos de Bangs las referencias a su vida privada, a su estado anímico a la hora de escribir, son tan importantes como el objeto mismo de la crítica. No se pueden desligar. Un ejemplo (hay muchos). La célebre reseña que escribió sobre el álbum ‘Astral Weeks’ de Van Morrison… ¡diez años después de su publicación!: “El otoño de 1968 supuso un periodo terrible. Yo estaba hecho un guiñapo física y mentalmente, tenía los nervios destrozados. Pasé interminables noches y días en un sillón de mi dormitorio, leyendo revistas, viendo la tele, escuchando discos, mirando a la nada. No tenía ni idea de cómo mejorar la situación. En esa época sombría,‘Astral Weeks’ adquirió la cualidad de un faro, una luz en las remotas orillas de las tinieblas, y además era la prueba de que todavía quedaba algo por expresar artísticamente que no fuese el nihilismo ni la destrucción”.

 
Artículo publicado en enero de 2019 en el periódico BILBAO
 

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