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Destripando al Rey Lagarto

Sí, Jim Morrison está muerto. Pero el mito perdura. Capitán Swing reedita ‘De aquí nadie sale vivo’, la biografía definitiva del cantante de The Doors.

 

Danny Sugerman solo tenía 13 años cuando vio por primera vez en directo a The Doors. Corría 1967 y tras aquella epifanía no dudó en presentarse en la oficina del grupo para ofrecerse a trabajar de lo que fuera. Sorprendido por el entusiasmo del chaval, Jim Morrison lo contrató como auxiliar de administración. Recopilaba los recortes de prensa en los que aparecía la banda y respondía a las cartas de los fans. Tras la muerte del cantante, se convirtió en el representante de los tres supervivientes del grupo: el teclista Ray Manzarek, el baterista John Densmore y el guitarrista Bobby Krieger. Sugerman, fallecido en 2005, es también el autor de ‘De aquí nadie sale vivo’, la mejor biografía sobre el cantante, que escribió a finales de los setenta junto al periodista Jerry Hopkins, colaborador de la revista Rolling Stone. El libro fue rechazado por más de 30 editores antes de su publicación en 1980, cuando se disparó al primer puesto en la lista de los más vendidos del New York Times, donde permaneció durante nueve meses. Ninguna biografía sobre rock and roll, ni siquiera la historia autorizada de los Beatles escrita por Hunter Davies, había tenido tanto éxito.

 

‘De aquí nadie sale vivo’, ahora reeditado por la editorial Capitán Swing, es una crónica sobre la vida de Jim Morrison, no sobre su significado, y deja de lado al mito para arrojar un poco de luz sobre el hombre y el poeta, porque como apunta Sugerman, “hasta ahora hemos comprendido muy poco a Morrison como ser humano. Las historias de sus arrestos y hazañas se disparan y extienden más que nunca, pero la imagen que tenemos de él como persona es cada vez más borrosa”. A quien esté interesado en ahondar en su faceta musical, le recomendamos la lectura de ‘Escuchando a The Doors’ (Contra, 2012), un ensayo estupendo en el que Greil Marcus analiza de forma pormenorizada el sonido de la banda californiana y su contexto social.

 

La historia del Rey Lagarto –acababa a menudo sus conciertos con el grito “¡Soy el Rey Lagarto y puedo hacer cualquier cosa!”– puede parecer una tragedia, aunque es en realidad el relato de una liberación. El poeta William Blake dijo: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Morrison comprendió el mensaje y aplicó esta máxima al pie de la letra. Hasta sus últimas consecuencias. La suya fue una vida al límite, siguiendo la tradición dionisíaca y existencialista. Lo que le gustaba era la experiencia y la acción. Le fascinaba lo que experimentaba con sus sentidos y se deleitaba con los cambios en su sistema nervioso provocados por el consumo de todo tipo de sustancias. “Digamos que estaba probando los límites de la realidad. Tenía curiosidad por ver qué pasaría. Eso era todo: simple curiosidad”, declaró en 1969.

 

Hijo de un oficial de la Marina y una ama de casa, James Douglas Morrison nació el 8 de diciembre de 1943 en Florida. Tuvo una infancia itinerante debido a los continuos cambios de destino de su padre. Cuando tenía cuatro años, experimentó lo que describiría como “el momento más importante de mi vida”. Viajaba en coche con su familia por Albuquerque cuando vieron un camión volcado con indios moribundos tendidos sobre el asfalto. Su padre detuvo el coche para socorrerlos. Jim no paraba de llorar y gritar “¡Se están muriendo!”. Años más tarde, explicó a sus amigos que, en el mismo instante en que el coche de su padre se alejaba del lugar del accidente, un indio murió y su alma se introdujo en su cuerpo.
 


 

Tensión y caos
Jim Morrison fue un rebelde con causa. En opinión de Hopkins, fue el único representante totalmente honesto de la brecha generacional que en la década de los sesenta subvirtió el orden social y familiar establecido. “Si se trataba de rechazar los valores de la generación anterior, Jim no solo negó las ideas y los valores de sus padres, sino que negó su misma existencia, insistiendo en que estaban muertos”, escribe. “Padre. ¿Sí hijo? Quiero matarte. Madre, quiero… ¡matarte!”, cantaba Morrison de forma desgarradora en el clásico ‘The End’. A diferencia de la mayoría de las estrellas de rock, también rechazaba el materialismo. Normalmente, sus únicas posesiones consistían en ropa suficiente para una semana, cuatro o cinco cajas de cartón con libros de bolsillo y un paquete de seis cervezas.

 

Se convirtió en el portavoz de una juventud impaciente, frustrada y rabiosa por el modo en que funcionaban las cosas: “¡Queremos el mundo y los queremos ahora!”. Porque en los sesenta no todo fueron Woodstock, paz, amor y flores en el pelo. La idealización de aquella época nos ha hecho olvidar otros episodios oscuros como la guerra de Vietnam y el napalm, la sombra de Charles Manson, los apestosos Motherfuckers, los asesinatos de Bobby Kennedy, Martin Luther King y el fatídico concierto de los Rolling Stones en Altamont. La música de The Doors capturó la tensión y el caos de un tiempo en el que cada nuevo día todo parecía extraño. En sus letras, Morrison mostró el reverso de esa soleada California de postal que patentaron los Beach Boys, donde además de surferos, descapotables y rubias en bikini, fuera del encuadre también habitaban mendigos, falsos profetas, proxenetas, narcotraficantes y violadores.

 

Tras finalizar la grabación del álbum ‘L.A. Woman’, en marzo de 1971 se instaló en París junto a su compañera Pamela Courson, con la intención de alejarse del negocio musical y concentrarse en su faceta de poeta. “Estoy harto de todo. La gente me tiene por una estrella del rock and roll, y ya no quiero saber nada de eso. No lo soporto más”. En su exilio francés intentó escribir, pero no lo conseguía porque se pasaba el día completamente borracho. La madrugada del 3 de julio de aquel año, Pamela encontró su cuerpo sin vida en la bañera del apartamento. Los brazos descansando sobre los bordes de porcelana, la cabeza hacia atrás, el pelo largo y mojado, y una sonrisa beatífica en la cara bien afeitada. Como el cuadro ‘La muerte de Marat’ pero sin turbante. Tenía 27 años. Como Brian Jones. Como Jimi Hendrix. Como Janis Joplin.

 

 

Sugerman y Hopkins dejan abierta la causa de la muerte –¿Un ataque al corazón por causas naturales? ¿Sobredosis por la ingesta de alcohol y heroína?–, siembran unas cuantas dudas –¿Por qué no se le practicó la autopsia? ¿Por qué tardaron seis días después de que muriera en dar la noticia a los medios?– y sugieren que, en realidad, incluso podría estar vivo. No descartan la hipótesis de que Morrison escenificara su propia muerte como medio para escapar de su vida pública y desaparecer para encontrar la paz en la escritura y la libertad en el anonimato. Desde entonces, como pasó con Elvis, son muchos quienes juran haberle visto en los lugares más insospechados: en una sucursal de un banco en San Francisco cobrando unos cheques, en los bares gay de Los Ángeles vestido de cuero, en Israel, en el Tibet viviendo como un monje, en el desierto australiano. O en África, a donde le gustaría haberse esfumado, como dijo una vez, para seguir los pasos de su admirado Arthur Rimbaud.

 

Artículo publicado en el Periódico BILBAO en enero de 2018
 

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