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Y Dios se subió a un escenario

El músico y periodista Jonathan Gould firma la biografía definitiva de Otis Redding, el rey del ‘soul’ y uno de los mejores cantantes de todos los tiempos

 

El 3 de febrero de 1959, el avión en el que viajaban los cantantes Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper se estrelló contra un campo de maíz en Iowa. Aquel fue “el día que murió la música”, cantaba Don McLean en ‘American Pie’ (1971). El rock and roll sobrevivió, pero perdió la inocencia entre los escombros. Después de aquella tragedia nada volvió a ser igual. Con el cambio de década, el optimismo que transmitía el rock primigenio se transformó en rebeldía y, finalmente, en frustración. Cuando Bob Dylan, “un juglar vestido con una chaqueta prestada de James Dean”, le arrebató la corona a Elvis Presley, la arcadia en la que creció McLean se hizo añicos.

 

Otro avión con músicos a bordo se precipitó el 10 de diciembre de 1967 contra las aguas heladas de un lago en Wisconsin. Los buzos tardaron 24 horas en rescatar el cuerpo sin vida de Otis Redding, todavía atado al asiento de la parte trasera de la destrozada cabina del bimotor. Volaba junto a su banda, The Bar-Keys. Ninguno de sus miembros superaba la veintena. Aquel día la música soul no perdió la inocencia –ya la había perdido cuando, a finales de los años cincuenta, cambió las iglesias por los clubes nocturnos y las plegarias a Dios por las fogosas declaraciones de amor carnal– pero dijo adiós para siempre a su mejor embajador.

 

Otis tenía 26 años y se encontraba en el mejor momento de su carrera. Estaba a un paso de abandonar el circuito del soul sureño, una música regional e irrelevante en ventas, y dar el salto a la primera división del negocio para compartir fama y fortuna con las grandes estrellas del pop y el rock. En marzo de aquel año había viajado a Europa, donde fue recibido con los brazos abiertos por admiradores tan ilustres como los Beatles. Y el 17 de junio cerró una de las noches del Festival Internacional de Pop de Monterrey, en San Francisco, compartiendo cartel con Janis Joplin, The Byrds, Canned Heat, Steve Miller Band y Jefferson Airplane.

 

Fue un concierto breve, apenas cinco canciones, suficientes para que los más de diez mil asistentes, en su mayoría jóvenes blancos aficionados al rock ácido, cayeran rendidos ante su imponente presencia. “Emocionó como nadie lo había hecho durante los dos primeros días del festival. Los espectadores no paraban de bailar, aplaudir y gritar”, rezaba la crónica del periódico ‘Los Angeles Times’. Se despidió con una acelerada versión de su balada ‘Try A Little Tenderness’. El público, que había permanecido de pie desde el primer tema bajo una lluvia incesante, respondió con una ovación de casi diez minutos. Bob Weir, guitarrista de la banda californiana Grateful Dead, aseguró que había sido como ver a Dios sobre un escenario.

 

 

“Su actuación fue un vívido recordatorio de que la música, el baile, el humor, la jerga y la religión de los negros llevaban más de cien años siendo la verdadera contracultura de Estados Unidos”, escribe Jonathan Gould en ‘Otis Redding. Una vida inacabada’ (Neo Sounds). El músico y periodista neoyorquino no se conforma con trazar una semblanza completa de este gigante del soul. A lo largo de 574 páginas profusamente documentadas, viaja por la historia de la Norteamérica negra, una historia de esclavismo, explotación y linchamientos. Un viaje necesario para comprender que los lamentos, los alaridos, los gritos de gozo y la aspereza que definieron su manera de cantar eran el legado de un pueblo oprimido por una sociedad racista en la que, hasta hace sólo unas pocas décadas, seguían vigentes leyes que dictaban lo que los negros podían o no podían hacer, y los lugares a los que podían o no podían ir. Y el soul, como dijo Ray Charles, “es un sentimiento que solo se percibe si te sientes abatido, si tienes una vida dura, si pasas por épocas difíciles”.

 

Orígenes

Nació en 1941 en Dawson, una pequeña localidad de Georgia, en el Sur profundo de Estados Unidos, en el seno de una familia con pocos recursos. Se inició en la música cantando gospel en el coro de la iglesia baptista donde su padre ejercía de predicador cuando terminaba su jornada como aparcero. Su hermano Rodgers recuerda que el pequeño Otis “siempre estaba cantando o marcando ritmo con algún objeto”. Nunca renunció a sus orígenes. A diferencia de sus colegas músicos de generación, decidió seguir viviendo en su tierra natal incluso cuando comenzó a ganar el dinero suficiente para mudarse con su familia a un lugar mejor.

 

En aquella época, una de las pocas opciones que tenía un negro del Sur para poder prosperar era entablar amistad con los blancos que detentaban el poder. Y Otis fue un maestro en el delicado arte de las relaciones sociales. “Un gran hombre blanco es todo lo que necesitas”, escribió el novelista y dramaturgo John Oliver Killens. Gente como su manager, Phil Walden, el arquetipo del joven blanco sureño que aprendió a experimentar la vida a través de la música negra. O Jim Stewart, dueño de Stax Records, la pequeña compañía discográfica de Memphis que confió en él cuando no era más que un aspirante que se ganaba la vida actuando en los bares de Georgia.

 

Aunque en Memphis la segregación no fue tan acusada como en otras ciudades sureñas, debido sobre todo a la pujanza de una industria musical en la que los artistas negros resultaban imprescindibles, distaba mucho de ser el paraíso interracial que nos quiere vender Steve Cropper, excelente guitarrista y principal socio de Redding a la hora de escribir canciones: “Los blancos eran blancos y los negros eran negros, y todos tan contentos. Nos queríamos mucho. Los negros eran felices con la situación”. Por si fuera poco, remata acusando a Martin Luther King de ser el responsable de que aquella supuesta convivencia idílica saltara por los aires. Sus palabras no son una muestra de ignorancia o de falta de sensibilidad –ningún otro músico blanco de su generación había colaborado de una manera tan estrecha, solidaria y fructífera con cantantes y compositores negros–, sino la prueba del enorme poder que tenía el segregacionismo para aislar a los blancos de la realidad social de la época.

 

Dos semanas antes de morir, Otis llamó a Cropper para decirle: “He escrito algo que tienes que oír”. Impactado tras escuchar el ‘Sgt. Pepper’s’ de los Beatles, compuso ‘(Sittin’ On) The Dock Of The Bay’, una balada a medio tiempo con la que quería renovar su propuesta estilística. Las sesiones de grabación fueron especialmente intensas, como si de alguna manera presagiara que su final se acercaba. Estaba tan ilusionado que en la toma inicial se le olvidó la letra de la última estrofa y comenzó a silbar la melodía para salir del paso. Y así se quedó. Publicado como sencillo en enero de 1968, ‘(Sittin’ On) The Dock Of The Bay’ vendió un millón de copias en un mes y se encaramó hasta el número uno en las listas de pop y rhythm and blues. Fue la única vez que una de sus canciones alcanzó tal posición.

 


 

Ha pasado medio siglo y todavía asombra que un tipo que no llegó a cumplir los treinta fuera capaz de construir en tan poco tiempo uno de los legados más personales e influyentes de la historia de la música popular. “Ni siquiera Sam Cooke fue tan querido como Otis Redding –escribe Gould–. Y el sentimiento era mutuo. Canción tras canción, disco tras disco, desde el comienzo hasta el trágico final de su breve carrera, Otis fue el mayor apóstol del soul”.

 

Artículo publicado en junio de 2019 en el periódico BILBAO

 

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