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Objetivo: Michael Jackson

La escritora y criminóloga Concha Calleja publica ‘Objetivo Michael Jackson’, una minuciosa investigación que aporta nuevos datos sobre la misteriosa muerte del cantante

 

La madrugada del 25 de junio de 2009, tras otra agotadora jornada de ensayos, Michael Jackson reclama los servicios de su médico personal para que le ayude a conciliar el sueño. Como de costumbre, Conrad Murray, que así se llama el galeno, comienza a administrarle un arsenal de sustancias sedantes. Ninguna surte efecto. A las diez de la mañana el cantante continúa despierto, así que le pide a Murray que le inyecte en vena su “leche”. Se refiere al propofol, un potente fármaco de aspecto lechoso que actúa como anestésico. Una hora después se queda dormido. El médico le toma las constantes y aprovecha para ir al baño. Cuando regresa a la habitación, se percata de que Jackson no respira. Una ambulancia lo traslada al Ronald Reagan UCLA Medical Center, donde intentan reanimarlo sin éxito. La noticia de su muerte da la vuelta al mundo. Murray fue declarado culpable de homicidio involuntario y condenado a cuatro años de cárcel (solo cumplió dos). Y hasta aquí la versión oficial.

 

Pero ¿nos han contado toda la verdad acerca de lo que sucedió aquella noche? Esta es la pregunta que se hizo Concha Calleja, perito judicial en Criminología y Psicología Forense. Lleva décadas analizando casos polémicos para detectar posibles fallos en la investigación oficial y dar respuesta a las incógnitas que plantean, como hizo en ‘Diana. Réquiem por una mentira’ (Almuzara Editorial, 2017). Su interés por la muerte de Jackson comenzó, precisamente, tras ver una fotografía del músico junto a Lady Di. “Otro que muere en extrañas circunstancias”, pensó. Durante dos años, se embarcó en una exhaustiva investigación con el objetivo de esclarecer los numerosos interrogantes que rodearon el fallecimiento del Rey del Pop. Después de estudiar los informes de las autopsias, el testamento, declaraciones judiciales, archivos policiales y documentos del FBI, concluye que no fue un homicidio involuntario: fue intencionado. Lo cuenta en el libro ‘Objetivo Michael Jackson’ (Arcopress), en el que asegura que hubo no una, sino varias conspiraciones para acabar con su vida.

 

Desde que tuvo acceso al informe de la primera autopsia –hubo una segunda solicitada por la familia, y ambas concluyen que murió por una intoxicación aguda de propofol–, tuvo el pálpito de que en la versión oficial había algo que no cuadraba. Los forenses detectaron una alta dosis del anestésico en el estómago, algo totalmente inusual porque el propofol únicamente se suministra por vía intravenosa, nunca por vía oral. ¿Acaso Michael lo tomó por su cuenta y riesgo, bebiéndolo directamente del envase? ¿O puede que alguien se lo hiciera tragar a la fuerza? Calleja está convencida de que Conrad Murray es inocente y que no cometió negligencia alguna. Como atestiguaron los numerosos pacientes que desfilaron por el juicio, era un profesional intachable. Además, cobraba 150.000 dólares al mes por cuidar del cantante. Si había alguien a quien no le interesaba que muriera, era él. La autopsia también revela lo castigado que estaba su cuerpo, tan deteriorado que se asemejaba más al de un anciano que al de un hombre de su edad, cincuenta años. Tenía artritis, artrosis, lupus, vitíligo, problemas de próstata, y tanto sus pulmones como el colon estaban enfermos.

 

A comienzos de 2009, Michael había llegado a un acuerdo con la promotora AEG Live para actuar durante diez fechas en el O2 Arena de Londres. El 5 de marzo, presentó en la capital británica la gira ‘This Is It’ y anunció que aquellos serían sus últimos conciertos. También fueron sus últimas palabras en público. Un millón de personas de todo el mundo se registraron en la página web de la promotora para comprar entradas en las primeras 24 horas. Al día siguiente, sin contar con él, AEG Live anunció que ampliaba la gira con cuarenta conciertos más.

 

 

Cada día, después de ensayar al menos durante cinco horas, Michael regresaba hecho un guiñapo a su mansión alquilada de Los Ángeles. Se acostaba en una camilla y Murray le ponía una vía en la ingle con sales para hidratarle y una mascarilla de oxígeno. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de que era imposible que pudiera enfrentarse a una gira de cincuenta conciertos en un estado físico tan lamentable? La promotora, en teoría, lo había sometido a un examen médico que había determinado que se encontraba apto para emprender la gira. Calleja sospecha que los análisis no pertenecían a Jackson: “Con los datos de la autopsia en la mano, mi opinión es que no habría aguantado ni un asalto”.

 

Pruebas contaminadas
Las horas posteriores a la muerte están plagadas de incongruencias. Michael falleció a las 14:26 horas. Sin embargo la policía no se presentó en su mansión hasta las siete de la tarde. Durante todo ese tiempo, el personal de seguridad y el servicio camparon a sus anchas por toda las estancias. También resulta extraño que, tras enterarse de la noticia, algunos de sus hermanos, en vez de ir al hospital, acudieran primero a la mansión para llevarse ordenadores, discos duros, joyas y ropa. Para Calleja resulta obvio que el escenario estuvo contaminado. Cualquiera pudo poner, quitar o manipular las pruebas. La jeringuilla con la que el médico suministró el propofol (el arma homicida) nunca apareció. Y los investigadores policiales ni siquiera se preocuparon de extraer huellas dactilares.

 

En 2013, los herederos de Jackson llevaron a los tribunales a AEG Live, acusando a la promotora de “muerte injusta”. Durante el juicio, Prince, uno de los hijos del cantante, declaró que su padre se encontraba agobiado por un calendario de ensayos agotador, y que la noche anterior a su fallecimiento había recibido una llamada telefónica de Randy Phillips, presidente de AEG Live. Tras colgar, Michael se echó a llorar y comenzó a decir sin parar: “Me van a matar, me van a matar”. Después de cinco meses de proceso, el jurado desestimó los cargos contra AEG Live. Aunque la gira nunca se llevó a cabo, no supuso una ruina para la promotora. Al contrario. El merchandising se vendió como rosquillas y la película documental ‘This Is It’, que recoge los ensayos preparatorios de la gira fue un éxito económico que aún continúa generando ingresos.

 

Lo que el tiempo ha demostrado es que Michael Jackson valía más muerto que vivo. Entonces y ahora. Cuando falleció, tenía una deuda de 400 millones de dólares, un agujero provocado por una década de inactividad artística y por el dineral que tuvo que desembolsar en acuerdos extrajudiciales tras ser acusado de abusar sexualmente de dos menores. El suyo es el cadáver más rentable de la historia de la música. Tras su muerte, la venta de sus discos y las descargas online de sus canciones se dispararon. En 2013, ganó 160 millones de dólares, lo que le convirtió en el artista mejor pagado del año, incluyendo a los vivos (Madonna, por ejemplo, ganó 100). Y el año pasado, la cifra ascendió a 825 millones. Desde que el cantante pasó al otro barrio, el trust familiar Michael Jackson Estate ha ingresado unos 2.000 millones de dólares. ¿Sabía alguien que esto iba a ocurrir?

 

 

Artículo publicado en octubre de 2019 en el periódico BILBAO

 

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