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John Lennon y los campos de fresas

Se cumple el cuarenta aniversario del asesinato de este icono de la música popular del siglo XX. El 8 de diciembre, miles de seguidores volverán a reunirse en Strawberry Fields para cantar sus canciones y recordar su legado.

 

En 1973, John Lennon, su esposa Yoko Ono y su hijo Sean se mudaron a un lujoso apartamento del edificio Dakota, ubicado en la esquina de la Calle 72 y Central Park, en el Upper West Side de Manhattan, en Nueva York. Desde entonces, durante el día y la noche, un grupo de seguidores se apostaba a la entrada de este emblemático inmueble con la esperanza de ver de cerca a su ídolo. Normalmente simpático y paciente, Lennon solía detenerse para firmar autógrafos y charlar un rato con ellos. El 8 de diciembre de 1980, un muchacho gordito de veinticinco años y mirada torva llamado Marc David Chapman se unió a esta pandilla de incondicionales. Llevaba bajo el brazo una copia del álbum ‘Double Fantasy’ y un ejemplar de ‘El guardián entre el centeno’.

 

Aquella noche, cuando Lennon regresaba a casa, se acercó por la espalda, sacó un revolver del 38 y le disparó cinco tiros. Al cabo de pocos minutos llegaron dos coches de la policía. Los agentes encontraron a Chapman apoyado contra la pared de ladrillo del Dakota leyendo tranquilamente la novela de J. D. Salinger. En el suelo del vestíbulo, junto al cadáver del músico, yacían la pistola y el disco que le había firmado aquella misma tarde.

 

Hijo de un sargento de aviación que le zurraba de lo lindo, Chapman era un pobre desgraciado del que se habían burlado en todos los colegios a los que fue y que solo encontró consuelo en la música de los Beatles. Un lunático con problemas mentales que había intentado suicidarse en más de una ocasión. La noticia de que Lennon ponía fin a su retiro artístico y regresaba al negocio de la música tras firmar un suculento contrato con el sello Capitol transformó su veneración de fan en un odio feroz. Sintió que había traicionado los ideales de los Beatles. Y también los suyos. Las voces que oía en su cabeza le decían que aquel agravio solo podía vengarse con sangre. Tenía además una obsesión paralela con Holden Caulfield, el protagonista de ‘El guardián entre el centeno’. Creía que si acababa con John podría entrar en las páginas del libro transfigurado en él. En su declaración a la policía dijo: “Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield. El resto debe ser el diablo”. Confesó ser el autor del crimen y fue condenado a cadena perpetua.

 

Este 8 de diciembre, como todos los años desde hace ya cuarenta, miles de aficionados volverán a reunirse en Strawberry Fields, un jardín de Central Park situado a escasos metros del edificio Dakota, para conmemorar el aniversario de su muerte y honrar su legado cantando sus canciones. En vida, Lennon solía pasear a menudo por ese parque, decía que era uno de sus lugares favoritos. Tiene forma de lágrima y su principal atracción es un mosaico circular en blanco y negro en cuyo centro aparece inscrita la palabra Imagine. El nombre del memorial está inspirado en ‘Strawberry Fields Forever’, posiblemente la canción más imprescindible de su repertorio, una obra maestra indiscutible de la música popular del siglo XX que comienza así: “Déjame llevarte conmigo, porque voy a Strawberry Fields. Nada es real y no hay nada de qué preocuparse. Strawberry Fields para siempre. Vivir es fácil con los ojos cerrados, malinterpretando todo lo que ves. Se vuelve más difícil ser alguien, pero todo sale bien”.

 

 

El jardín secreto

Lennon compuso ‘Strawberry Fields Forever’ en el otoño de 1966 en Almería, durante los tiempos muertos del rodaje de la película ‘Cómo gané la guerra’, una parodia del cine bélico dirigida por Richard Lester en la que tenía un papel secundario interpretando a un soldado. Harto de escribir sobre amores ficticios con chicas imaginadas e influenciado por el empaque literario de las canciones de Bob Dylan, comenzó a componer desde la experiencia personal. Tenía material de sobra. Solo tenía que echar la vista atrás y examinar su penosa infancia en el Liverpool de la posguerra, que pasó en casa de tus tíos después de que sus padres se negaran a cuidar de él. El sol del Mediterráneo despertó recuerdos de la niñez. “Lo que de allí surgió –cuenta Philip Norman en la estupenda biografía ‘John Lennon’ (Anagrama, 2009)– no fue una imagen nostálgica de postal, sino un cuadro abstracto sonoro: místico y ambiguo, pero al mismo tiempo revelando más cosas de su autor de las que hubiera revelado el mero recuerdo”.

 

El primer verso (“Déjame llevarte conmigo, porque voy a…”) es una invitación directa a acompañarle en el paseo que tantas veces daba con su tía Mimi cuando era un niño y remoloneaba alrededor de un orfanato gestionado por el Ejército de Salvación llamado Strawberry Field (en singular). Aunque era un lugar real, para el pequeño John el paisaje era más abstracto. Aquella mansión gótica y un tanto lúgubre era mucho más que su campo de juegos: era una metáfora. Como apuntó con acierto Paul McCartney, era “su jardín secreto, un pequeño refugio donde podía… vivir un poco en sus sueños”. John dijo siempre que la letra era “psicoanálisis con música” y declaró que ‘Strawberry Fields Forever’ y ‘Help’ eran “las dos únicas canciones auténticas que escribí en mi vida”.

 

Geoff Emerick, el innovador ingeniero de sonido que grabó las mejores obras de los Beatles, recuerda en sus memorias el día que Lennon llegó emocionado a los estudios Abbey Road para presentar su nueva canción: “John estaba de pie delante del productor George Martin, tocando una guitarra acústica y cantando con suavidad. Como no estaba cerca de ninguno de los micrófonos que habíamos colocado alrededor de la sala, tuve que poner los volúmenes a tope para oír algo. Desde la primera nota quedó claro que era una obra maestra. Había creado un homenaje delicado y casi místico a un lugar misterioso, un lugar al que llamaba Strawberry Fields. Yo no tenía ni idea de qué trataba la letra, pero las palabras eran cautivadoras, como un poema abstracto, y había algo inquietante y lejano en la voz de John. Cuando terminó, hubo un momento de asombrado silencio, roto por Paul, que con un tono suave y respetuoso se limitó a decir: Es absolutamente genial”.

 

En una entrevista de 1980, poco antes de morir, Lennon dijo: “Cuando era un niño pensaba: Hay algo en mí que va mal, pues veo cosas que los demás no ven. Debo de estar loco o ser un genio, porque siempre he visto las cosas de un modo alucinado que iba más allá de la máscara. Y eso asusta cuando eres un crío, porque no tienes a nadie que te entienda. Yo pertenecía a un club exclusivo que ve el mundo en esos términos. Para mí el surrealismo es la realidad. La visión psicodélica es la realidad para mí, y siempre fue así. ‘Strawberry Fields Forever’ es un intento de expresar ese sentimiento”. El deseo de quedarse para siempre en un campo de fresas. Porque, en realidad, Strawberry Fields “está donde tú quieras ir”.

 

 

Artículo publicado en diciembre de 2020 en el periódico BILBAO

 

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