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Jóvenes estúpidos (y prodigiosos)

Anagrama reedita ‘Corre, rocker’, una crónica personal de los años ochenta firmada por el músico y escritor Sabino Méndez, autor de las canciones más célebres de Loquillo y Los Trogloditas

 

“Todo el mundo amaba a Sabino Méndez porque era guapo, chulesco, talentoso y llevaba una Gibson colgada al cuello. Componía himnos, canciones a las que se subía José María Sanz, Loquillo, para surfear sobre la molicie, el tedio y el aburrimiento de Barcelona, ciudad progre y laietana. Sabino tenía la mirada soñadora y un escalpelo en las manos”, escribe Carlos Zanón en el prólogo de la reedición de ‘Corre, rocker’ (Anagrama), una crónica de los años ochenta firmada por Sabino Méndez, músico, estupendo escritor y autor de algunas de las más célebres canciones de Loquillo y los Trogloditas, banda de punk y rockabilly en la que participó y que fue considerada representativa de lo que se dio en llamar nueva ola española o movida madrileña.

 

En 1989, en la cima de su popularidad, abandonó el grupo. Una década después, buscó entre sus cajones los escritos acumulados durante años, los ordenó y con ayuda de sus recuerdos parió una de las mejores memorias publicadas por un músico español. ‘Corre, rocker’ es una autobiografía, pero también es el retrato, en primera persona y a tumba abierta, de una época convulsa, canalla y divertida, e incluso puede leerse como una novela de iniciación: el paso de la infancia a la adolescencia, siempre traumático, el despertar sexual durante los veraneos en un pueblo costero, el descubrimiento del lado salvaje de la vida por el que se paseó Lou Reed, las amistades de juventud forjadas en hierro que se desintegran con el paso del tiempo, la Literatura, en mayúsculas, como enfermedad y a su vez salvavidas cuando crees que no tienes nada más a lo que agarrarte…

 

Se crió en un barrio del extrarradio barcelonés. Fue un muchacho tímido y un buen estudiante que encontró en la música de los Stray Cats, Ramones y Sex Pistols (también escuchaba a Jaume Sisa, Silvio Rodríguez y The Velvet Underground) una vía para escapar de la grisura del tardofranquismo y rebelarse contra el futuro: “Decíamos llamarnos punks, pero en el fondo hay una palabra castellana mucho más adecuada. Éramos gamberros, sólo pacíficos y sencillos gamberros. Éramos desmesurados. Éramos tan, tan estúpidos que, de puro estúpido, éramos prodigiosos”. En 1980 entró a formar parte como guitarrista de un grupo llamado Loquillo y los Intocables, germen de los futuros Trogloditas.

 

Atrapados en una escena cultural monopolizada por la exaltación nacionalista, los Trogloditas abandonaron Barcelona rumbo a Madrid, donde se mezclaban sin fanatismos los punks y los rockers, las diferentes tendencias sexuales, la alta burguesía y los adolescentes de instituto público. La movida fue “un fenómeno interclasista, alegre y caritativo” que giraba en torno a una idea subversiva: “la idea de la diversión irracional, el mismo origen seminal que encontramos en muchas vanguardias”. Los comienzos en la capital no fueron fáciles. En su primer concierto en la sala Rockola, centro neurálgico de la movida, algunos modernos les esperaron a la salida con palos y navajas. Tuvo que acudir la policía para sacarlos de allí sanos y salvos.

 

Loquillo
Por las páginas de ‘Corre, rocker’ desfilan Alaska y los Pegamoides (“Carlos Berlanga parecía un adolescente salido de ‘La Dolce Vita’ de Fellini”), Parálisis Permanente, Siniestro Total, Derribos Arias, Gabinete Caligari, El Último de la Fila y Glutamato Ye-Yé. Nombres que llevaban una gran carga autoparódica. Fue la época de las canciones estúpidas. El humor como escapismo. El otro gran protagonista del libro es, por supuesto, Loquillo, quien no sale precisamente favorecido en estas memorias. Tampoco el propio autor. En una entrevista, Méndez reconocía que, narrativamente, “el truco que sigo es ser inmisericorde conmigo mismo. Es decir, me pinto como un personaje bastante ridículo. Luego, una vez establecido eso, puedo aplicar ese mismo patrón a los demás, con lo cual aflora la parte oscura que muchas figuras populares actualmente tienen”.

 

 

Un ejemplo, el de su primer encuentro con el Loco: “En la fiesta de los rockers donde nos conocimos, yo, como lector disperso y compulsivo que era, fingía un barniz cultural que no poseía. Eso deslumbró a Loquillo, que identificaba lujo intelectual con ascenso social”. “Siempre deseó el papel de líder generacional juvenil”, añade sobre José María Sanz, vocalista limitado pero frontman excelso con un ego tan grande como su estatura, de quien le sorprendió “el entusiasmo y la dedicación a tiempo completo para con el personaje que encarnaba”. Nada susceptible de ser objeto de crítica, porque, al fin al cabo, ¿qué fue la movida? Al igual que el glam, su principal influencia, fue sobre todo un baile de máscaras y disfraces en el que los músicos, de manera legítima, adoptaban un personaje que no tenía por qué que guardar relación con el verdadero yo del artista.

 

Las adicciones no figuraban en su programa, pero tras años de decir no, acabó sucumbiendo al peligroso encanto de la heroína, “la eclosión de una flor de sedación en el cerebro”. La culpa, dice, no es de la sustancia, “mórbida, maravillosa, inoperante”, sino del uso que hacemos de ella. Acababa de descubrir la aspirina total y, bajo sus efectos, consiguió terminar, “en pletórico estado de forma metal y física”, las sesiones de grabación del disco ‘El ritmo del garaje’ (1983). El interés de su generación por los narcóticos era un fenómeno parecido al de los hipters del bebop acercándose con curiosidad a los estupefacientes en la década de los cincuenta. Por entonces, gastaba cada mes en la dama blanca cifras de seis dígitos. Pese a todo, asegura que su capacidad creativa nunca se vio condicionada por la adicción, “a lo sumo acelerada o retardada, pero el criterio estético nunca resultó afectado”. Las poéticas descripciones de los chutes parecen sacadas de un relato de William Borroughs, aunque sus intenciones distan de la apología, porque, reconoce, el precio a pagar siempre es la esclavitud. Y los amigos que murieron.

 

Con el tiempo, la relación con Loquillo se fue agrietando. Critica sin ambages las temáticas simplistas y los lugares comunes de las letras escritas por el cantante, cuya suspicacia frente la crítica ajena imposibilitaba la reflexión literaria: “En el futuro, Loquillo y yo estaríamos absolutamente incapacitados para escribir canciones a medias”, escribe. Cuando abandonó los Trogloditas, Loquillo se encargó de que la opinión pública sobreentendiera que la marcha del guitarrista y compositor se debía exclusivamente a su adicción a las drogas. Méndez lo rebate. No hay arma más eficaz para desmontar una mentira que el tiempo, el verbo ágil, una menta lúcida y una máquina de escribir. Esgrime que los auténticos motivos para hacer mutis por el foro fueron su disgusto del entorno, del negocio de la música y la deriva de su propio grupo. Y antes de despedirse, hace una defensa de su legado: “Mientras yo estuve, nunca hicimos un elepé malo. Los hubo imberbes, otros cándidos, algunos desaliñados. Pero leídos a la luz de las situaciones de aquella época, ninguno aparece mediocre”.

 

 

Artículo publicado en el nº de abril de 2018 del periódico BILBAO

 

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