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La epifanía de Johnny Cash

Reservoir Books publica ‘El hombre de Blanco’, la única novela escrita por el cantante estadounidense, en la que plasma su obsesión por la figura del apóstol Pablo

 

El libro ‘Hechos de los Apóstoles’ narra que un tal Saulo de Tarso, fariseo radical, galopaba camino de Damasco con el objetivo de arrestar cristianos cuando una luz cegadora que descendió del cielo le hizo caer del caballo. Oyó una voz que le decía: “Saulo, ¿por qué me persigues?”. Era Jesús de Nazaret. Ya en Damasco y después de tres días sin ver, sin comer y sin beber, Saulo abrazó la fe cristiana y se convirtió en el apóstol Pablo. Johnny Cash (1932-2003) también tuvo una epifanía. Aunque la suya fue bastante menos épica.

 

Según cuenta el músico estadounidense su novela ‘El hombre de Blanco’, publicada originalmente en 1986 y que ahora edita Reservoir Books por primera vez en español, se encontraba una noche dando un paseo por el bosque cuando de repente se topó con un avestruz de dos metros y medio que intentó matarle. El bicho le golpeó con las patas. “Como Pablo al ser abatido por la Luz, caí de espaldas, pero, a diferencia de Pablo, me rompí tres costillas al dar contra una roca”. Asegura que aquel episodio le cambió la vida. Aunque al parecer no por mucho tiempo, porque a renglón seguido confiesa que mientras se recuperaba, para paliar el dolor pasó de los analgésicos a los somníferos, y de los somníferos otra vez a las anfetaminas, su eterna adicción. Enseguida volvió a ser “ese tipo de humor inestable y no precisamente la alegría de la casa”.

 

Quien desconozca la figura de Johnny Cash pensará que equiparar su desencuentro con la avestruz asesina con la conversión del apóstol Pablo es un mero ejercicio de presunción, una boutade. Lo que sí sabemos es que fue un hombre profundamente religioso y temeroso de Dios –se crió en Arkansas, en el Sur de Estados Unidos, uno de los lugares más puritanos del planeta–, permanentemente atormentado por el sentimiento de culpa, incapaz de abandonar las drogas, el alcohol y las tentaciones carnales (una aventura con su cuñada Anita estuvo a punto de romper su matrimonio con June Carter) para conseguir expiar sus pecados y ser redimido.

 

Su obsesión por la transformación espiritual de Pablo se remonta los años setenta. Poco antes de morir, su suegro, Ezra Carter, le legó su biblioteca de temas históricos y religiosos. Se empapó de las obras de Plinio, Tácito, Flavio Josefo y Seutonio. Comenzó a leer libros sobre Pablo: “No podía quitármelo de la cabeza”. Y decidió que tenía que escribir sobre él. Para 1982 ya tenía listo un primer borrador, pero la redacción final quedó aparcada debido a las giras y las grabaciones. Por entonces, la ingesta continuada de anfetaminas le provocó una perforación de estómago. En el hospital, entre las alucinaciones provocadas por la morfina que le administraron para calmar los dolores, sintió de nuevo la llamada del Señor y retomó el manuscrito.

 

“Mis temas favoritos son los caballos, los ferrocarriles, el territorio, el Juicio Final, la familia, los tiempos difíciles, el whiskey, el cortejo, el matrimonio, el adulterio, la separación, el asesinato, la guerra, la cárcel, los paseos sin rumbo, la condena, el hogar, la salvación, la muerte, el orgullo, el humor, la piedad, la rebelión, el patriotismo, el hurto, la constancia, la tragedia, el gamberrismo, el desamor y el amor. Y la Madre y Dios”, escribe. La mayoría están en esta novela. Y en su cancionero.

 

 

Culpa y redención

Nació en plena Gran Depresión. Su familia era pobre de solemnidad. Se crió junto a sus cinco hermanos en una miserable cabaña. No tenían dinero, pero sí música. Y de la buena. Desde pequeño se formó escuchando cánticos negros en los algodonales, gospel en las iglesias y blues y country en la radio. Trabajó como mecánico y vendedor a domicilio, en 1950 se alistó en el Ejército del Aire y tras licenciarse fundó su primera banda, Johnny Cash and The Tennesee Two. Sam Phillips le ofreció la oportunidad de grabar un disco sencillo para Sun Records. En la histórica discográfica de Memphis entabló amistad con Elvis Presley, Carl Perkins y Jerry Lee Lewis. Los cuatro formaron el primer supergrupo de la historia del rock, Million Dollar Quartet, de breve vida; sólo registraron una jam session en diciembre de 1956.

 

Durante más de medio siglo levantó una de las catedrales sonoras más sólidas de la historia de la música popular con la sola ayuda de su voz de piedra y una guitarra que no mataba fascistas, como la de Woody Guthrie, pero que era capaz de poner prisiones en pie de guerra. “Ni bailo ni llevo los pantalones estrechos. Pero soy capaz de tocar mil canciones”, decía. Algunas de las más conocidas, como ‘I Walk The Line’, ‘Folk Prison Blues’ y ‘Man in Black’, dignas de ser cantadas por el reverendo al que interpreta Robert Mitchum en ‘La noche del cazador’, son plegarias sobre la pena, la culpa y la redención. Una tendencia que se hizo aún más acusada al final de su carrera, aquejado de una enfermedad degenerativa, cuando ya sentía en el cogote el aliento del Juicio Final, en la espléndida saga de discos ‘American’ auspiciada por Rick Rubin.

 

A comienzos de los noventa, Rubin, un productor atípico curtido en el rock duro y el hip hop, responsable del sonido de bandas como Run DMC, Red Hot Chilli Peppers, Beastie Boys y Slayer, fantaseaba con “la posibilidad de grabar a uno de los más grandes que no estuviese haciendo nada destacable en esos momentos. Y Johnny fue el primero y el más grande que me vino a la cabeza”. Bajo su padrinazgo, Cash recuperó la ilusión por la música tras años de ostracismo, cuando estaba a punto de convertirse en una parodia de sí mismo.

 

Rubin dio en el clavo eliminando los elementos superfluos que pudieran distraer al oyente de lo realmente importante: las historias de un hombre solitario enfrentado a sus demonios interiores. En el pequeño estudio casero del cantante, Rubin únicamente colocó dos micrófonos: uno para su garganta rota y otro para la guitarra. No hacía falta nada más para que el viejo y olvidado icono del country se convirtiera, de nuevo, en la figura indiscutible de la música que siempre fue y será. Su primer trabajo conjunto, ‘American Recordings’ (1994) se llevó el Grammy al Mejor Disco de Folk. Aquel año, el Hombre de Negro escenificó su resurrección ante las nuevas generaciones sobre el escenario principal del festival inglés de Glastonbury, compartiendo cartel con las grandes estrellas de rock del momento.

 

Nick Cave dijo una vez que perdió la inocencia con Johnny Cash. El cantante de country Waylon Jennings no se imagina un mundo sin él. En palabras de Bob Dylan, “fue el más grande de entre los grandes de ahora y de siempre”. Eso sí, añadió también que “si queremos saber qué significa ser mortal, no hay más que mirar al Hombre de Negro”. Porque Cash fue un artista tan enorme como las contradicciones con las que tuvo que bregar a lo largo de su vida.

 

 

Artículo publicado en el nº de diciembre de 2018 del periódico BILBAO

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