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El pop como arma de seducción

Con motivo del Día de San Valentín, el suplemento ‘Territorios’ de EL CORREO dedicó sus páginas a analizar la relación entre el erotismo y el arte. Escribo sobre la música pop como arma de seducción masiva.

 

Además de un recurso habitual en los prolegómenos del encuentro amoroso, la música popular sigue siendo un vehículo eficaz para expresar los sentimientos eróticos: deseos, miedos, frustraciones y fantasías cuyos grados de excitación varían en cada generación. Erotismo y música popular mantienen una estrecha relación que es previa al nacimiento del rock and roll. Incluso del blues. Se remonta al siglo XIX y tiene su origen en Nueva Orleans. En esta ciudad mestiza, los esclavos africanos se reunían cada domingo en la Plaza del Congo para bailar al ritmo de la música tradicional de su tierra natal. Bailar les permitía disfrutar de un breve momento de libertad, aunque fuera bajo la mirada vigilante de unos espectadores blancos que descubrieron en aquellas danzas que invitaban a celebrar y compartir los cuerpos el poder de seducción del ritmo.

 

Elemento primigenio y básico de la música, el ritmo conecta con el erotismo a un nivel físico, casi instintivo, saltándose cualquier consideración intelectual. La herencia rítmica del continente negro echó raíces en América, dando lugar a nuevas músicas que eran una expresión popular del goce de vivir, como el jazz, el tango, el rock, la samba brasileña, el soul, el son cubano, el funk y el hip hop. En los años 20 del siglo pasado, la popularización del jazz coincidió con un periodo en el que se relajaron las actitudes sexuales. Un cambio de costumbres que tuvo su reflejo en bailes con una evidente carga erótica como el ‘hootchy-kootchy’ y el ‘shimmy shake’.

 

El gospel también desempeñó un papel crucial en el diálogo entre erotismo y música popular. Elvis Presley, Little Richard, Aretha Franklin, Otis Redding, Sam Cooke y Wilson Pickett –por no hacer la lista demasiado larga– se educaron cantando espirituales negros en las iglesias del sur de Estados Unidos. En un proceso de secularización, el gospel cambió el altar por el escenario de los clubes nocturnos y las plegarias a Dios por fogosas declaraciones de amor carnales. Ray Charles fue el primero en atreverse a echar mano de esta música sagrada para componer pegadizos temas profanos. ‘I Got A Woman’ está basada en la melodía de ‘It Must Be Jesus’, un clásico del gospel de los Southern Tones. El hermano Ray solo tuvo que reescribir la letra y sustituir a Jesucristo por la mujer de sus sueños para sentar las bases del rock and roll.

 

 

Si la función del erotismo en el arte es la exaltación del amor físico, en sus comienzos el rock fue puro erotismo. Aunque ya no nos acordemos, etimológicamente la expresión ‘rock and roll’ no es más que un eufemismo para referirse al coito. El rock conectó al instante con los sentimientos de excitación sexual de la juventud de su tiempo. Su simplicidad rítmica apela a nuestros instintos más primarios y comparte con el sexo características como la repetición, la intensidad y la desinhibición. En los años 60, la contracultura, el amor libre y las drogas contribuyeron a hacer de la música pop una experiencia más sensual y emocionalmente abierta. Pero lo mejor estaba por llegar.

 

En la década de los 70 florecieron corrientes musicales profundamente eróticas como el glam-rock, el funk (“Soy una máquina sexual”, cantaba James Brown) y la música disco. El soul se aburrió de reivindicar los derechos civiles de la comunidad afroamericana y las tórridas baladas de Marvin Gaye, Al Green y Barry White se convirtieron en un arma de seducción masiva. “Estoy caliente como un horno. Necesito un poco de cariño, nena. No puedo aguantar más. Cada vez es más fuerte y cuando tengo esa sensación necesito una cura sexual”, susurraba Marvin Gaye en ‘Sexual Healing’.

 

Jadeos y suspiros

Pocos artistas han tenido un talento tan enfermizo para la ambigüedad y la lubricidad como Serge Gainsbourg. Y pocas canciones han levantado tanto revuelo en la historia del pop como ‘Je t´aime moi non plus’. La grabó por primera vez en 1967 acompañado por Brigitte Bardot. En la pequeña cabina del estudio, los amantes se cogen de la mano, se acarician, se besan, gimen y cantan: “Voy y vengo entre tus caderas. Voy y vengo entre tus caderas. Y me retengo”. El alboroto está servido. Los rumores hablan de que la canción es en realidad una grabación de una sesión carnal entre ambos. “4 minutos y 35 segundos de jadeos y suspiros de amor”, titula el semanario ‘France-Dimanche’.

 

La censura frustra su recorrido comercial, así que dos años después el ‘enfant terrible’ de la música francesa decide grabarla de nuevo, esta vez acompañado por su nueva esposa, la actriz Jane Birkin. Y, ahora sí, el escándalo es mayúsculo. La BBC y la RAI prohíben su emisión y el Vaticano amenaza con excomulgar a los distribuidores, lo que no hace sino disparar sus ventas. Gainsbourg dijo que el Papa había sido su mejor manager.

 

 

Artículo publicado el 8 de febrero de 2020 en el periódico EL CORREO

 

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