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La única y verdadera cantante de jazz

El 29 de marzo de 1992, Betty Carter ofreció un concierto histórico en Nueva York que ahora se publica en disco con el título ‘The Music Never Stops’

 

Cuando actuaba en Nueva York, Dee Dee Bridgewater no se perdía ninguno de sus conciertos: “Yo era su perrito faldero, su sombra. Nunca he visto a nadie cantar con tanta libertad. Mi manera de estar sobre un escenario se la debo exclusivamente a ella”. Para Dianne Reeves, escuchar su voz en directo era “lo más parecido a una experiencia religiosa”. Kurt Elling dijo una vez que su versión de ‘Spring Can Really Hang You Up the Most’ es “la mejor reinvención de una balada clásica jamás grabada”. Y una leyenda como Carmen McRae sentenció: “Solo existe una verdadera cantante de jazz, solo una. Y se llama Betty Carter”.

 

Considerada una de las vocalistas más innovadoras e imaginativas de la historia del jazz –algunos críticos equiparan su voz con el saxo de John Coltrane–, su enorme talento fue más apreciado en vida por sus colegas de profesión que por el gran público. Si su nombre no ocupa el mismo lugar que los de Billie Holiday, Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan en el imaginario de los aficionados se debe a que siempre priorizó sus convicciones artísticas sobre el éxito comercial. Los jerifaltes de la industria discográfica y buena parte de la prensa no le perdonaron su beligerancia a la hora de reivindicar el jazz como patrimonio exclusivo de los afroamericanos, así como sus constantes críticas a los músicos blancos “que se apropian de lo que nos pertenece”.

 

El 29 de marzo de 1992, Betty Carter ofreció un concierto histórico en el Aaron Davis Hall de Nueva York que ahora se publica en disco con el título ‘The Music Never Stops’ (Blue Engine Records). Secundada por la orquesta Jazz at Lincoln Center, una sección de cuerdas y tres diferentes tríos de piano, la reina del ‘scat’ imparte su magisterio y nos regala otra clase magistral de jazz vocal. Su garganta es un instrumento más. Juega con el fraseo y la entonación, cambiando los patrones rítmicos y el tempo de unas canciones que moldea a su antojo como si fueran de arcilla. Durante hora y media, la música no se detiene, fluye. Sin apenas pausas, encadena un repertorio que incluye estándares (‘Most Gentlemen Don’t Like Love’, ‘Moonlight in Vermont’, ‘If I Should Lose You’) y un puñado de temas propios (’30 Years’, ‘Make Him Believe’, ‘Tight!’, ‘Mr. Gentleman’).

 

Quienes trabajaron con ella coinciden en que fue el paradigma de la artista total: “Dominaba el escenario, cantaba, tocaba el piano, dirigía a los músicos… Después de Ella Fitzgerald, fue la única que elevó el ‘scat’ a un nivel superior”, recordaba en una entrevista el cantante Andy Bey. Nunca gastó maneras de diva y evitó transitar por caminos trillados. En vez de recurrir a instrumentistas consagrados, a lo largo de su carrera prefirió rodearse de jóvenes talentos con la intención de mantener su música fresca: “Las nuevas generaciones se siguen mirando en espejos que tienen muchos años, pero también emiten reflejos distintos, renovadores, capaces de cambiar el curso de la música”. Su banda fue una excelente escuela de aprendizaje por la que desfilaron futuras figuras como Jackie Terrasson, Cyrus Chestnut, Benny Green, Dave Holland, Lewis Nash y Jack DeJohnette.

 

 

Incógnitas

Su infancia está plagada de claroscuros. No sabemos la fecha y ni el lugar exacto de su nacimiento. Unas veces aseguraba que vino al mundo en 1929 en Flint, una pequeña localidad del estado de Michigan. Otras, que nació en 1930 en Detroit. Lo que sí sabemos es que su verdadero nombre es Lillie Mae Jones y que se crió en la ciudad del motor, donde su padre dirigía el coro de una iglesia. También que estudió piano en el conservatorio, que ganó un concurso de músicos amateurs y que siendo adolescente se enamoró de una nueva corriente que cambiaría el devenir del jazz: el be-bop.

 

A comienzos de los años 40, el jazz se encontraba en un callejón sin salida. Los músicos jóvenes se sentían frustrados por las limitaciones que suponía tocar en una ‘big band’ y comenzaron a buscar nuevas formas de expresión. Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk y compañía renegaron del swing, aceleraron el tempo –una clara influencia de los ritmos afrocubanos–, concedieron un mayor protagonismo a los solos individuales y apostaron por las formaciones de pequeño tamaño.

 

“Cuando llegó el be-bop yo estaba en medio de todo. Vivía en el West Side y allí todo el mundo estaba conectado a la música, se le rendía culto”. Una noche, aprovechando que Charlie Parker tocaba en la ciudad, se presentó en el club donde ensayaba el mítico saxofonista y se puso a charlar con él. “Le dije que cantaba y que estaba tratando de introducirme en el negocio. Me pidió que cantara algo y le hice mi pequeño ‘diddly-daddly’. Al día siguiente, allí estaba yo de pie en el escenario, junto a Parker y su banda”. ¡Y menuda banda! ‘Bird’ lideraba un quinteto legendario compuesto por el baterista Max Roach, el pianista Duke Jordan, el contrabajista Tommy Porter y el trompetista Miles Davis.

 

Tras su bautismo de fuego, se convierte en acompañante habitual de los ‘boppers’ que recalan en Detroit, cantando y tocando el piano con gigantes de la talla de Dizzy Gillespie, Sarah Vaughan, Billy Eckstine y Lionel Hampton. Militante en la lucha por los derechos civiles, en 1951 se instala en a Nueva York para actuar en el circuito de teatros y locales exclusivos para el público negro: “Quería cantar para mi gente porque ellos sí entendían el jazz. En aquella época nosotros teníamos el control. Luego llegaron los Beatles y el negocio se fue al garete”. Al auge del rock se sumó la irrupción del free jazz, un estilo con el que fue especialmente crítica: “Era alienante. Terminó por alejar a los aficionados negros del jazz. Eso sí, a los músicos blancos les encantó porque provenían de la clásica y conocían la atonalidad y las disonancias. Además, las canciones de Ornette Coleman no se pueden bailar”.

 

 

Sus primeros discos, ‘Meet Betty Carter and Ray Bryant’ (1955) y ‘Out There’ (1958), son un fracaso de ventas. Sale de gira con Miles Davis y con Ray Charles. El álbum que graba junto al pianista, ‘Ray Charles & Betty Carter’ (1961), recibe buenas críticas y el sencillo ‘Baby, It’s Cold Outside’, un dueto que rezuma sensualidad, alcanza el número uno en la lista de rhythm & blues. Sin embargo, su carrera no termina de despegar. Incapaz de despertar el interés de las discográficas por la singularidad de su estilo, esta mujer de carácter irreductible toma una de las decisiones más acertadas de su vida: fundar su propio sello, Bet-Car. Ahora es ella quien impone las reglas. El resultado es una sucesión de discos maravillosos, entre los que destacan ‘Live at the Village Vanguard’ (1970), ‘Now It’s My Turn’ (1976), ‘It’s Not About the Melody’ (1992) y ‘Feed the Fire’ (1993). Y por encima de todos, ‘The Audience With Betty Carter’ (1980), su obra maestra, un álbum doble grabado en directo en San Francisco que la revista Jazzwise incluyó entre los cien discos indispensables de la historia del jazz.

 

Falleció el 26 de septiembre de 1998 en su casa de Nueva York víctima de un cáncer de páncreas. En una de sus últimas entrevistas declaró: “Mi principal prioridad siempre ha sido que el jazz siga formando parte esencial de la cultura negra. Hubo un tiempo en que se alejó del público, pero creo que ahora ha recuperado su razón de ser: hacer que te sientas mejor. Cuando yo comenzaba, el jazz consistía precisamente en eso. No tenía nada que ver con el dinero. Se trataba de hacer feliz a la gente”.

 

Artículo publicado en mayo de 2019 en el periódico BILBAO

 

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