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La vida al límite de Johnny Hallyday

El 5 de diciembre de 2017, un país entero lloró la muerte del ‘Elvis francés’. El periodista donostiarra Felipe Cabrerizo repasa la intensa carrera del cantante en la biografía ‘A toda tralla’.

 

Algunos libros se convierten de forma involuntaria en el obituario más oportuno. El crítico británico Simon Reynolds se encontraba escribiendo, literalmente, la última página de Como un golpe de rayo (Caja Negra), un estupendo ensayo en el que repasa la historia de la música glam con David Bowie como eje vertebrador, cuando escuchó por la radio la noticia de la muerte del autor de Ziggy Stardust. La madrugada del pasado 5 de diciembre, al periodista donostiarra Felipe Cabrerizo le sucedió algo similar. Un instante después de poner el punto final a su libro Johnny Hallyday. A toda tralla (Expediciones Polares), se le ocurrió echar un vistazo a la web de France-Presse. La agencia gala de noticias anunciaba que Johnny Hallyday acababa de fallecer de un cáncer de pulmón a los 74 años. Malditas coincidencias.

 

El ‘Elvis francés’ fue despedido con todos los honores. A su funeral acudieron más de un millón y medio de personas, entre los que se encontraban los tres últimos presidentes de V República. Para buscar una despedida semejante hay que remontarse a la de Víctor Hugo. “En todos nosotros había algo de Johnny”, rezaba el comunicado oficial emitido por el Palacio del Elíseo. Francia entera, conmocionada, rendía el último tributo a un icono nacional, no sólo musical sino social, una figura a la altura de mitos como Edith Piaf, Charles Aznavour y Coco Chanel. En España no tenemos un referente similar. Tampoco el mismo respeto que los franceses profesan hacia sus artistas.

 

Al igual que Bowie, fue capaz de reinventarse constantemente. Hijo de artistas de poca monta, desde pequeño aprendió que el esfuerzo y el rigor en el trabajo eran imprescindibles para seguir concitando la atención del público. Mantuvo siempre la imagen de rocker con la que se dio a conocer en sus inicios, aunque a lo largo de su extensa carrera (casi sesenta años, un centenar de discos) picoteó en diferentes estilos y con el tiempo su música derivó hacia un pop más convencional, con predominio de las baladas. A sus actuaciones acudía gente de todas las generaciones y era capaz de reunir a un millón de personas en un concierto a los pies de la torre Eiffel. Hedonista, polémico, irreverente y romántico, la suya fue una vida al límite, siempre pisando el acelerador a fondo, que Felipe Cabrerizo –autor también de Elefantes Rosas (Expediciones Polares), excelente libro sobre Serge Gainsbourg, otro mito de la canción francesa– repasa y analiza al detalle en la biografía Johnny Hallyday. A toda tralla.

 

Su verdadero nombre era Jean-Phillipe Léon Smet, nació en París el 15 de junio de 1943 y tuvo una infancia miserable. Su padre era un tipejo de cuidado, un alcohólico y mujeriego entre cuyas prioridades no se encontraba precisamente la vida familiar. Una noche, cuando Johnny sólo tenía un mes de vida, su madre regresó a la modesta buhardilla donde vivían. No encontró nada: ni dinero, ni muebles, ni tan siquiera la cuna del bebé. Su marido había saqueado la casa para darse a la fuga con su amante. A la ausencia de la figura paterna se sumó poco después la de su madre, heridas que nunca cicatrizaron. Se crió en Londres junto a su tía Hélène, actriz de cine mudo retirada, quien siempre vio en él un futuro artístico prometedor. El dinero escaseaba y apenas fue a la escuela. El cantante recordaría su infancia “con profundos agujeros, con vacíos en mi memoria, y con imágenes, sensaciones como de grandes manchas sobre un gris opaco”.

 

 

Epifanía
De regreso a Francia, su vida cambiaría para siempre una tarde de invierno de 1958. Entra en un cine donde proyectan la película Loving You, con Elvis Presley como protagonista. La identificación es inmediata. Cuando Elvis se puso a cantar Hound Dog lo entendió todo: “Fue un shock, un fogonazo, una certeza cegadora: tenía que cantar rock”. Con 16 años se sube al escenario del Club des Panoramas. Pide prestada una guitarra y e interpreta un tema de Elvis. Fue su primer éxito y el inicio de una relación de dependencia con el público que duraría hasta su muerte. Adiós a Jean-Phillipe. ¡Hola Johnny Hallyday!

 

No supone ninguna exageración afirmar que Francia descubrió el rock and roll gracias a él. Por entonces era un género prácticamente desconocido. Y denostado. “Un canto tribal ridículo perfecto para un público imbécil”, en palabras de Boris Vian. Ni los Beatles ni los Rolling Stones existían cuando, en 1960, con sus penetrantes ojos azules y el tupé engominado, apareció cantando rockabilly en el programa de televisión L’École des vedettes, una especie de Operación Triunfo de la época. Su actuación fue todo un escándalo. Al año siguiente ya grababa hits foráneos en Londres y en el mítico estudio de Owen Bradley, en Nashville. Su éxito era tal que contaba con un presupuesto holgado para contratar a los mejores músicos de sesión. No había cumplido los veinte y ya había vendido un millón de copias con su álbum Let´s Twist Again (1962).

 

A partir de entonces su ajetreada vida privada quedó al desnudo, expuesta al escrutinio de la opinión pública. La prensa rosa tenía material de sobra gracias a sus continuos romances y excesos de todo tipo: noches etílicas con Mick Jagger, Gerard Depardieu y Jacques Dutronc, accidentes automovilísticos, problemas con la cocaína, estancias en urgencias e incluso un intento de suicidio. Cuenta que en 1966 Bob Dylan se alojó en su casa de París, “pero no me dirigía la palabra cuando nos cruzábamos por los pasillos”. Aquel mismo año entabló amistad en un pub de Londres con un guitarrista desconocido. Era Jimi Hendrix, a quien se llevó de telonero en su gira francesa.

 

Sedujo a las más bellas, Catherine Deneuve y Natalie Wood se encuentran entre sus conquistas. Los franceses aplaudieron con las orejas cuando se enteraron de su romance y posterior boda con Sylvie Vartan, aunque esa nueva felicidad junto a la chica más guapa de la clase le aterrorizaba. “Siento una profunda incapacidad para ser feliz. Es una tristeza incurable que me corroe desde la infancia”, confesaba. Se divorciaron en 1980. Por aquellos años contrajo una inmensa deuda con Hacienda que no podía pagar. La discográfica se hizo cargo, a cambio de obligarle a grabar numerosos discos que escaparon de su control artístico. No le importó mientras los ceros siguieran aumentando en su cuenta corriente. Tenía pánico a volver a la indigencia que había conocido de crío.

 

El cine fue su primera vocación. Como su adorado Elvis, también hizo carrera como actor. Debutó con sólo 11 años en el filme Las diabólicas, protagonizado por Simone Signoret, donde aparecía en una breve escena. Retomó la interpretación en los años ochenta, rodando a las órdenes de luminarias como Jean Luc Godard en Detective, Costa-Gavras en Consejo de familia y Patrice Leconte en El hombre del tren. Incluso estuvo a punto de dar el salto a Hollywood y participar en proyectos con Tarantino y los hermanos Cohen que no llegaron a materializarse. Sin embargo, nunca abandonó el rock and roll. Su último disco, De l’amour, grabado con 72 años, supuso un regreso a sus raíces rockabilly. El círculo se había cerrado: “Mi oficio y mi vida están íntimamente ligados. Soy un cantante de rock and roll. Y no cambiaré. Llevo mi sinceridad hasta la muerte”.

 

 

Artículo publicado en mayo de 2018 en el periódico BILBAO

 

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