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Bajo los adoquines, una canción

¿Qué queda del compromiso político de la música de Mayo del 68? Solo nostalgia

 

El pasado 8 de marzo, con motivo de la huelga feminista, un vídeo se hizo viral. Apostadas frente a la escalinata del Ayuntamiento de Bilbao, miles de mujeres entonaban al unísono una adaptación del clásico ‘A la huelga’, compuesto por Chico Sánchez Ferlosio en 1963, en plena dictadura franquista. Hacía mucho tiempo que una canción popular no cobraba tanto protagonismo como vehículo para denunciar injusticias y reivindicar derechos. Mujeres tenían que ser.

 

En los años sesenta, sin embargo, era la tónica habitual. Las protestas se sucedían a la misma velocidad a la que gira un elepé: 33 revoluciones por minuto. Abundaban las canciones que trataban cuestiones políticas. E incluso arraigó la idea de que la música podía transformar el mundo. El cantante de soul Sam Cooke anunciaba en ‘A Change Is Gonna Come’ que un gran cambio estaba a punto de producirse. Bob Dylan avisaba a los padres de que sus hijos estaban fuera de control. Y les instaba a echarse a un lado si no podían echar una mano, “porque los tiempos están cambiando”. Hoy la música pop se ha convertido en un producto inofensivo, pero entonces simbolizaba la rebeldía, la insurgencia, el inconformismo. En definitiva: la revolución.

 

 

En Estados Unidos, caminando por la senda abierta por Paul Robeson, Woody Guthrie y Pete Seeger, numerosos artistas utilizaron su música para denunciar la discriminación racial (Nina Simone, James Brown, Aretha Franklin) y la guerra de Vietnam. Barry McGuire, The Doors, Marvin Gaye, Jimmy Cliff, Country Joe and the Fish y John Lennon, entre otros, escribieron canciones abiertamente antibelicistas. Al otro lado del Atlántico, los jóvenes parisinos que protagonizaron el Mayo del 68 también contaban con su propia banda sonora. Bajo los adoquines no estaba la playa, pero si levantabas una piedra encontrabas un puñado de canciones que reflejaban lo que estaba sucediendo.

 

Francia contaba con una larga tradición de canción protesta. En 1954, el escritor y trompetista de jazz Boris Vian publicó ‘Le déserteur’, en la que se dirige al presidente de la República para decirle que no piensa ir a la guerra de Argelia, que va a desertar y mendigar por las carreteras para incitar a la población a la desobediencia. Por supuesto, fue prohibida por el gobierno galo. A Vian le siguieron compositores como George Brassens, Léo Ferré y George Moustaki, que interpretaban canciones alineadas contra el poder político. El 10 de mayo de 1968, la noche de las barricadas, el gran Léo Ferré cantaba por primera vez ‘Les anarchistes’, en la que rinde homenaje a los republicanos españoles exiliados, pero que a su vez evoca el compromiso político de la juventud que se manifestó en París hace ahora cincuenta años.

 

Otro de los himnos de las revueltas fue ‘Il est 5 heures, Paris s’éveille’ de Jacques Dutronc. Miles de gargantas coreaban el estribillo “París despierta, París despierta” mientras marchaban por el Barrio Latino. “¿Qué haces en la calle, criatura?, pregunta el padre. La revolución contra la sociedad de consumo”, contesta el hijo en ‘La révolution’, tema de Evariste en el que el cantante se hace acompañar por un coro formado por miembros del Comité Revolucionario de Agitación Cultural. Dominique Grange formaba parte de ese comité. Cuando los ecos de las algaradas se apagaron, estuvo vetada durante años en la radio y televisión francesas. Suya es la canción ‘A bas l’état policier’, cuyo disco se vendía por tres francos en las manifestaciones: “Estamos en París / Praga y México / Y de Berlín a Tokio / Somos millones los que gritamos / ¡Abajo el Estado policial!”.

 

 

¿Qué queda del compromiso político de la música del Mayo del 68? Sólo nostalgia. En su primer disco, Joaquín Sabina describe en ‘1968’ cómo se vivieron aquellos años y sus consecuencias. Ismael Serrano también mostró su desencanto por lo que pudo ser y no fue en ‘Papá, cuéntame otra vez’. Desde los tiempos del punk, la música protesta más bien poco. El hip-hop se ha quedado solo como género contestatario. Aunque sigue habiendo motivos para alzar la voz: las políticas antimigración, la precariedad laboral, la violencia machista, el cambio climático, la creciente vulneración del derecho a la libertad de expresión en nuestro país… Así que si vas a componer una canción, mucho cuidado con lo que dices, no vaya a ser que acabes sentado en el banquillo de la Audiencia Nacional. No, la música no puede cambiar el mundo. Ninguna canción puede prender la mecha de la revolución ni derrocar gobiernos. Como mucho, remover conciencias y cambiar perspectivas. O, al menos, servir de banda sonora a los grandes acontecimientos que hemos vivido en el último siglo.

 

Artículo publicado el 12 de mayo de 2018 en el periódico EL CORREO

 

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