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Los Beatles, fundido a blanco

El ‘Álbum blanco’ cumple medio siglo y se reedita en diferentes formatos. Heterogéneo, arriesgado y controvertido, marcó el comienzo del fin del mejor grupo de pop de la historia.

 

Cuando una película termina y la pantalla se funde a negro, queda claro que la historia ha llegado a su fin. Se acabó. Sin embargo, cuando el director invierte la norma y cierra con un fundido a blanco crea una sensación de ambigüedad. Podría ser el final. O no. Da la impresión de que está sugiriendo un futuro abierto. Sin palabras, solo mediante el uso del color, cuestiona al espectador: “¿Qué crees que pasará a partir de ahora?”.

 

En noviembre de 1968, los Beatles lanzaron un doble elepé enfundado en una inmaculada portada en blanco –obra del artista Richard Hamilton– que transmitía ese mismo sentimiento de incertidumbre sobre el futuro. El título del disco era tan enigmático como su portada: simplemente, ‘The Beatles’. Después de escuchar las 30 canciones incluidas en este trabajo heterogéneo, arriesgado y controvertido, que apenas disimulaba las tensiones que finalmente acabarían con el grupo, millones de seguidores se preguntaron: “¿Qué pasará a partir de ahora?”. ‘The Beatles’, más conocido como el ‘Álbum Blanco’, no significó el fin del cuarteto de Liverpool. Pero sí fue el principio del final.

 

Se cumple medio siglo de su publicación y para celebrar la efeméride la discográfica EMI lo reedita en diferentes formatos para todos los bolsillos. El más asequible es el triple CD, que incluye el álbum original remasterizado por Giles Martin (hijo del productor George Martin) más las llamadas Esher Demos, 27 maquetas acústicas grabadas en mayo de aquel año en casa de George Harrison. En la edición Super Deluxe, que consta de 6 CD y un Blue-ray, se añaden 50 tomas alternativas en su mayoría inéditas, que musicalmente no aportan nada y que ahora ven la luz con la única intención de hacer caja a costa de coleccionistas acérrimos.

 

Tras dejar al mundo boquiabierto con el pop vanguardista de ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, los Beatles se encontraban en lo más alto. Eran, como dijo Lennon, “más grandes que Jesucristo”. Podían hacer lo que les diera la gana sin que su reputación se resintiera lo más mínimo. Como publicar una medianía titulada ‘Magical Mystery Tour’, secuela fallida de su obra maestra que dejaba entrever los primeros síntomas de agotamiento creativo de una banda hasta entonces infalible. Así que los Fab Four decidieron tomarse un merecido descanso.

 

En febrero de 1968, motivados por una mezcla de hartazgo, escapismo y búsqueda espiritual, viajaron a la India para participar en un curso de meditación que el gurú Maharishi Mahesh Yogui impartía un ashram situado en la ladera del Himalaya, a orillas del delta del Ganges. George Harrison, quien ya había abrazado la filosofía hindú como vía para superar sus angustias vitales y alcanzar la trascendencia, fue el único que se tomó la estancia en serio. Para Jon, Paul y Ringo no fue más que un viaje de placer influido por la moda de las religiones orientales en el movimiento contracultural de los años sesenta.

 

Era la primera vez en mucho tiempo que los Beatles disfrutaban de una temporada en calma, sin presiones ni exigencias de ningún tipo. “Básicamente consistía en comer, dormir y meditar, y asistir a las charlas que daba Maharishi de vez en cuando”, dijo Paul. Sin embargo, no todo fue tan idílico y maravilloso. Ringo se largó a Londres a los diez días, asqueado por la comida y la falta de higiene. John y Paul no tardaron en darse cuenta de que Maharishi, aquel hombrecillo menudo de barba blanca y risa fácil, mostraba demasiado interés por la celebridad y el dinero para ser un verdadero guía espiritual. Aburridos de unas prácticas de meditación que no entendían, la pareja dedicó el tiempo a componer buena parte de las canciones que acabarían dando forma al ‘Álbum Blanco’.

 


 

Tensiones

En abril, Ringo recibió una postal de John enviada desde la India que decía: “Tenemos material para dos discos, así que ve sacando la batería”. De regreso a Inglaterra, el cuarteto se reunió en la mansión de George en Esher (Surrey) para grabar maquetas de las canciones compuestas en el ashram. El 30 de mayo, entraron en los estudios Abbey Road para empezar a trabajar en el nuevo disco. La tormenta se avecinaba. Las tensiones por la lucha de egos, que hasta entonces habían permanecido soterradas, finalmente estallaron.

 

Geoff Emerick fue el ingeniero de sonido que grabó sus mejores obras. En su estupendo libro de memorias (‘El sonido de los Beatles’, Indicios, 2011) recuerda que a su vuelta del viaje a la India, los Beatles “eran personas totalmente distintas. Si antes eran exigentes y modernos, ahora iban desaliñados y descuidados. Si antes eran ingeniosos y llenos de humor, ahora eran solemnes e irritables. Les había unido el lazo de una larga amistad, ahora les molestaba la mutua compañía. Estaban enfadados”. La grabación estuvo marcada por los conflictos personales y las presiones derivadas de la mala gestión de Apple Corps, la empresa que crearon tras la muerte de su representante, Brian Epstein, y que a punto estuvo de erosionar sus finanzas.

 

Las discusiones eran tan fuertes que no hubo manera de determinar de forma colectiva la orientación de las canciones, resueltas por cada autor sin apenas participación de los demás miembros. De ahí la sensación de dispersión y sonido fragmentado que siempre ha acompañado al disco. “Era como si los cuatro se encontraran tan separados personalmente que quisieran grabar en espacios separados físicamente”, escribe Emerick. Para enturbiar más el ambiente, a Lennon no se le ocurrió mejor idea que llevar a Yoko Ono, su nuevo amor, a las sesiones de grabación. Ringo se hartó y se ausentó durante un par de semanas. George también se tomó unas vacaciones forzosas: “Personalmente ya no me dice nada ser un beatle. Estoy harto de tanto yo, de todas las cosas absurdas que hacemos”.

 

A nivel musical, el ‘Álbum Blanco’ fue una especie de regreso a las raíces. Tras la explosión multicolor de ‘Revolver’ y ‘Sgt. Pepper’s’, en los que llevaron al límite las posibilidades tecnológicas del estudio de grabación, los Beatles aparcaron el barroquismo sonoro y se decantaron por una producción más austera. Voz, guitarra, bajo y batería. Como en sus comienzos. Muchas de las tomas definitivas se grabaron en mesas de sólo cuatro u ocho pistas.

 

Suena rock and roll clásico (‘Back in the USSR’, ‘Birthday’, ‘Revolution’), hard rock (‘Helter Skelter’), pop intrascendente (‘Ob-La-Di, Ob-La-Da’), folk (‘Rocky Raccoon’, ‘Blackbird’, ‘Mother Nature´s Child’), music hall (‘Honey Pie’, ‘Martha My Dear’), blues (‘Yer Blues’) y baladas melancólicas (‘Julia’, ‘Dear Prudence’, ‘I´m So Tired’, ‘Goodnight’). También encontramos la primera composición de Ringo (‘Don´t Pass Me By’), uno de los mejores temas jamás escritos por George (‘While My Guitar Gently Weeps’, con un solo de guitarra a cargo de Eric Clapton) y ese extravagante collage sonoro de más de ocho minutos titulado Revolution 9′, inspirado en la música concreta de compositores como Karlheinz Stockhausen, Pierre Schaeffer y Luciano Berio.

 

Los Beatles fueron tan grandes que consiguieron sacar belleza del caos más absoluto. Algunos piensan que el ‘Álbum Blanco’ no es más que un batiburrillo de ideas. Para otros, por el contrario, en este disco mostraron la paleta de colores más amplia y fascinante de toda su carrera. Y yo coincido con Ringo Starr: “‘Sgt. Pepper’s’ se convirtió en el álbum de la década o quizá del siglo. Era innovador, contenía unas canciones geniales, era un placer escucharlo y me alegro de haber participado en él. Pero creo que el ‘Álbum Blanco’ es mejor”.

 

 

Artículo publicado en enero de 2019 en el periódico BILBAO

 

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