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Sensibilidad mediterránea

Maria del Mar Bonet cumplió el año pasado medio siglo sobre los escenarios. Y lo celebró con un disco, una gira y una biografía que ahora publica la editorial Milenio.

 

Disculpen que comience con una experiencia personal, la del primer concierto al que acudió mi hija. Libe ya tenía nombre, pero aún no había nacido. Iba acurrucada dentro la tripa de su madre y ocuparon un asiento del Teatro Barakaldo para ver en directo a Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández ‘Refree’ en la gira de presentación de Granada’ (2014), un estupendo álbum de versiones de, entre otros, Enrique Morente, Lluís Llach, Leonard Cohen y Maria del Mar Bonet. Todo el concierto fue pura emoción, pero siempre vuelve a mi memoria el momento en que la voz sobrenatural de Sílvia se elevaba sobre el magma sonoro que trenzaban los pedales de la guitarra de Raül para entonar los versos de ‘Mercè’, canción que Bonet dedicó a su madre: “Mercè, lejos de tu mirada y del viento tranquilo, de la casa clara. Lejos de las azoteas donde los gorriones se aman y cantan. Y las monjas tienden los pecados del mundo y la ropa clara. Y un fraile baila sobre el tejado esperando emprender el vuelo hasta el azul del cielo”. Pura poesía.

 

El año pasado, Maria del Mar Bonet cumplió medio siglo de trayectoria artística y lo celebró con el disco ‘Ultramar’, grabado en Cuba con músicos de la isla, y la gira 50 Anys d’escenaris. La editorial Milenio se suma al aniversario con la publicación de ‘Maria del Mar Bonet. Intensidades’, una emocionante biografía firmada por el periodista musical Jordi Bianciotto. Escrito en estrecha colaboración con la cantante balear y fruto de muchas horas de conversación, el libro sale ahora a la venta en español, en una versión ampliada y actualizada, tras su edición en catalán.

 

Gran dama de la nova cançó –el escritor Terenci Moix la llamaba “sultana”–, Bonet ha indagado como nadie en las raíces populares del folclore mediterráneo. Exploradora de las músicas foráneas antes de que se hablase de world music, su cancionero funde arte y artesanía, es mestizo y viajero, como la propia historia del Mediterráneo. Ajena a las tendencias del momento, en sus discos, más de una treintena, la canción tradicional catalana dialoga y busca la complicidad con otras fuentes como el flamenco, el pop, el jazz y la tradición sonora de Brasil, Grecia, Turquía, Argelia y Siria. “Una creadora –escribe Bianciotto­­– que, como hacen los grandes, no se ha adaptado a ninguna categoría preexistente, sino que ha inventado su propia casilla a la hora de situarse en el mundo”.

 

 

Nació en Palma de Mallorca en 1947 y fue bautizada con el profético nombre de Maria del Mar. Del mar Mediterráneo. La vena artística le vino de familia. Su padre fue el escritor Juan Bonet. Y su hermano Joan Ramon también cantaba y componía. Por su casa pasaban Núria Espert, Baltasar Porcel, Robert Graves, Miguel Delibes y Paco Rabal. Estudió cerámica en la Escuela de Artes y Oficios, pero un buen día de 1966, tomó el barco y se mudó a Barcelona para probar suerte en el mundo de la canción.

 

Allí entró a formar parte de Els Setze Jutges (Los Dieciséis Jueces), un colectivo que descubrió en la música el potencial necesario para expresar sus anhelos políticos. Y poéticos. Estos trovadores antifranquistas, principales exponentes de la nova cançó, se nutrían principalmente de la canción francesa (Georges Brassens, Léo Ferré, Jacques Brel) y latinoamericana (Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara). Observaban el rock con suspicacia, pensaban que era solo una moda pasajera, aunque también contaban entre sus referentes figuras del folk estadounidense como Woody Guthrie, Pete Seeger, Joan Baez y el Bob Dylan primerizo.

 

El sol y la luna

En 1970 Els Setze Jutges ya eran historia y sus integrantes volaban por su cuenta. Aquel año publica su primer álbum, titulado con su nombre y apellido, ‘Maria del Mar Bonet’, con composiciones propias y canciones populares baleares. Es sólo su debut, pero ya da muestras de un imaginario original en temas como ‘Fora d’es sembrat’, en la que habla del momento en que sale el sol en el campo y la luna sigue allí, sin querer irse. El campesino la echa a gritos, invitándola a alejarse de los asuntos terrenales. Actúa por primera vez en París en 1973 de la mano de Amancio Prada. Se enreda entre los versos Roselló-Pòrcel y pone música a sus poemas. Busca la aquiescencia de Salvador Espriu. Y la consigue. “Espriu me impresionó un poco al principio, pero era un señor encantador, con una ironía fina y dotes de psicólogo. Era consciente de que, a veces, los libros y los poemas se quedan donde están, en las vitrinas, mientras que la voz de un disco puede tener otra dimensión”, recuerda la cantante.

 

El 20 de noviembre de 1975 regresa de una gira por América Latina. Aquella madrugada suena el teléfono de la habitación de su hotel en Madrid. Es Luis Eduardo Aute: “Maria del Mar, quiero ser yo quien te lo diga: Franco ha muerto”. Empieza una época nueva para los cantautores, que dejan atrás las sombras de la clandestinidad para dirigirse hacia una profesionalización del oficio sin la mística de la resistencia. Muchos no saben adaptarse a los nuevos tiempos y caen en el olvido. En cuanto a ella, las grandes obras de su trayectoria están todavía por hacer.

 

A finales de la década de los setenta publica sus mejores trabajos. En ‘Alenar’ (1977) retrata su juventud, “una época luminosa, con el amor, la pasión y el desamor, que juega con la investigación de un mundo mágico”. Es el disco favorito de muchos de sus seguidores y un compendio de todas sus facetas. A ella no le gusta la palabra fusión. Prefiere hablar de conversación. Colaboran el músico chileno Lautaro Rosas como director artístico y el guitarrista flamenco Paco Cepero. Y Caballero Bonald firma la traducción al castellano de las letras. Tras ‘Alenar’ encadena álbumes igualmente inspirados como ‘Saba de terrer’ (1979), ‘Quico-Maria del Mar’ (1979) junto a Pi de la Serra, y ‘Jardí tancat’ (1981). Desde entonces y hasta ahora, ha seguido construyendo, pasito a pasito, sin prisas, un universo poético y musical intransferible, sentimental y místico, a veces fantástico, donde la naturaleza, el amor y los sueños cobran un protagonismo esencial.

 

 

La gira 50 Anys d’escenaris ha sido una puerta de entrada a su mundo para un público nuevo y un feliz reencuentro con los viejos seguidores. La Bonet ha vuelto a ocupar páginas de prensa y espacios de televisión. Una Maria del Mar tan mágica y poderosa como en sus comienzos que, a día de hoy, escribe Bianciotto, “transmite la sensación de haber hecho siempre lo que le ha apetecido, porque sabe que solo creyendo en lo que haces puedes esperar que los demás te tomen en serio. Bonet, inventora de un mundo de canciones, conspiradora de diálogos transculturales, practicante de una poesía de la música y creadora con los pies en el suelo, porque el cosmopolitismo solo es posible cuando lo formulas desde un lugar preciso”.

 

Artículo publicado en junio de 2018 en el periódico BILBAO

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