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Memorias de un gruñón encantador

‘Hípsters eminentes’ no es una autobiografía al uso. Donald Fagen, cantante y teclista de Steely Dan, repasa su adolescencia a través de los músicos y escritores que dieron forma a su sensibilidad artística.

 

Nuestras filias y fobias nos definen. Son pequeñas pinceladas que desvelan parte de nuestra personalidad. Si las juntas forman un retrato: el mismo que escupe el espejo del cuarto de baño todas las mañanas. En ‘Hípsters eminentes’ (Libros del Kultrum), Donald Fagen evoca su adolescencia trazando un semblante de los músicos y escritores que dieron forma a su sensibilidad artística. No es una autobiografía al uso. Según su autor, esta colección de ensayos forma una suerte de artobiografía artística: “Esto es, de cómo las cosas que leí y escuché durante mis años formativos repercutieron en mi pequeño cerebrín. Ese, y no otro, es el principio activo y vertebrador de este libro”.

 

Los hípsters a los que hace referencia el título son artistas cuyos orígenes son ajenos al mainstream, a lo predominante y lo convencional. También aquellos que “por el simple hecho de vivir en un espacio desquiciado, estrafalario, cuentan con la suficiente perspectiva como para atisbar algo de verdad”. Por sus páginas desfilan Ray Charles, Ike Turner, Henry Mancini, Ennio Morricone, las Boswell Sisters, el locutor de radio Jean Sheperd, iconos de la Generación Beat (Jack Kerouac, William Borroughs), escritores de ciencia ficción y leyendas del jazz como Miles Davis, John Coltrane, Sonny Rollins, Bill Evans, Thelonious Monk y Charles Mingus, a quienes tuvo la fortuna de ver actuar en los clubes de Nueva York cuando no era más que un crío.

 

Elegante, tímido y leído, Donald Fagen (Nueva Jersey, 1948) es la antítesis de la estrella de rock convencional. Un gruñón encantador que, pese a haber disfrutado de una carrera exitosa al frente de Steely Dan, nunca ha cultivado el narcisismo que caracteriza a muchos de sus colegas. Creció en la edad de oro del vinilo y, quizá por eso, estructura estas memorias heterodoxas como si fueran las dos caras de un elepé. Reserva la cara A para rendir pleitesía a sus maestros. El gran Henry Mancini ocupa un lugar preferente en la banda sonora de su infancia. Para toda una generación de chavales que crecieron en la década de los sesenta en los barrios residenciales de las grandes ciudades, su música, junto con la del popular Dave Brubeck Quartet, fue la puerta de entrada al jazz moderno.

 

Rescata del olvido a las pioneras Boswell Sisters, tres hermanas de Nueva Orleans que en los años treinta renegaron de su educación clásica tras caer rendidas al embrujo del hot jazz. Y rompe una lanza a favor de Ike Turner (sí, el exmarido de Tina). Lamenta que la opinión pública solo se interese por su reputación de adicto y maltratador, obviando sus innovaciones como instrumentista, productor y director de banda. Y en lo más alto de su particular santoral… Ray Charles, el genio que se atrevió a combinar lo sacro y lo secular para sacar el soul del armario, un Moisés negro y ciego que con sus canciones “liberó a una generación entera de la mortífera, neurótica supresión de los sentimientos que afligía al país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para mí, Ray fue el profesor del Deseo. Y ‘Georgia on My Mind’ –con sus coros horteras y demás lindezas– posiblemente contenga los tres minutos y treinta y nueve segundos más hermosos de toda la música del siglo XX”.

 

En la cara B cambia de registro. De forma abrupta, da paso a un diario en el que relata la gira que realizó en 2012 por Estados Unidos con The Dukes of September, una banda de viejas glorias que también cuenta en sus filas con Boz Scaggs (Steve Miller Band) y Michael McDonald (The Doobie Brothers). Músico atípico que aquí se revela como excelente prosista, resulta admirable su sinceridad a la hora de narrar las miserias de un tour ausente de glamur, una especie de soporífero vía crucis en autobús que discurre por carreteras secundarias, hoteles impersonales, escenarios con una acústica horrorosa, camerinos pequeños y un público geriátrico que solo da señales de vida cuando el grupo ataca un clásico de Steely Dan. Sus principales preocupaciones durante la gira puede compartirlas cualquier anónimo comercial de ventas: que el hotel cuente con servicio de habitaciones y una piscina en la que darse un chapuzón. A veces parece un Woody Allen hipocondríaco, obsesionado por conseguir los medicamentos que aplaquen sus ataques de ansiedad.

 

 

Pasión por el jazz

Cuando era un muchacho, por las noches se acostaba agarrado a un transistor con el que sintonizaba emisoras de jazz. Para evitar la ira de sus padres, tenía que meter la radio bajo las mantas. Su programa preferido era el del pinchadiscos Mort Fega: “Por aquellos días, los gigantes, como los llaman los aficionados al jazz, caminaban sobre la tierra. Mort los pinchaba a todos: a Miles, a Monk, a Rollins, a Coltrane, a Bill Evans y demás”. Fagen homenajeó a los DJ radiofónicos de su infancia en la carátula de su álbum en solitario ‘Nightfly’ (1982), la misma fotografía que ilustra la portada de estas memorias.

 

Su compañero de fatigas en Steely Dan, el guitarrista y bajista Walter Becker, era otro incondicional del programa de Mort Fega. Se conocieron en la universidad. Compartían la pasión por el jazz, el blues, Nabokov, la literatura beat y las novelas de ciencia ficción. Empezaron a tocar juntos con la intención de convertirse en compositores profesionales, siguiendo la tradición del Brill Building. No vendieron una puñetera canción, así que decidieron formar su propia banda. Querían ser la versión rock de la orquesta de Duke Ellington. El nombre de Steely Dan lo tomaron prestado de un artilugio sexual mencionado en la novela ‘El almuerzo desnudo’ de William Borroughs.

 

A comienzos de los setenta se trasladaron a California y consiguieron un contrato con la discográfica ABC gracias al productor Gary Katz. Con el álbum ‘Can´t Buy a Thrill’ (1972), sentaron las bases del sonido inconfundible de Steely Dan. A saber, soft-rock elegante con aromas jazz aderezado con percusiones latinas y una producción impoluta. Alérgicos a los directos, tras el éxito de ‘Countdown to Ecstasy’ (1973) se reciclaron en grupo de estudio. Los éxitos se sucedían. ‘Kathy Lied’ (1975), ‘The Royal Scam’ (1976) y ‘Aja’ (1977) vendieron millones de copias, lo que les permitió contratar a los mejores músicos de estudio. En los créditos de su discografía encontramos a gente como Larry Carlton, Wayne Shorter, Jim Keltner, Victor Feldman, Phil Woods y Lee Ritenour. Cobraban hasta mil dólares por una semana de trabajo.

 

‘Gaucho’ (1980) fue el canto del cisne de este dúo de perfeccionistas enfermizos. Al hartazgo de la discográfica por los enormes costes de las sesiones de grabación –“Se hacían hasta 60 tomas de cada canción que casi ni mirábamos porque sabíamos que ninguna era buena”– se sumó la adicción de Beckett a la heroína, un secreto que se destapó cuando su novia falleció de sobredosis. Becker murió en septiembre de 2017 debido a las complicaciones derivadas de una intervención quirúrgica. Fagen recuerda su primer encuentro, una tarde de 1967, cuando se dirigía al club musical del campus de la universidad: “Al acercarme oí que alguien estaba tocando un blues con guitarra eléctrica. Ese tío tenía el toque y el sentimiento propios del blues de verdad. En el interior, con una guitarra Epiphone color escarlata al hombro, se encontraba un chaval con gafas de aspecto serio, quien iba a convertirse en mi socio musical y compañero de grupo durante los próximos cuarenta años”.

 

 

Artículo publicado en abril de 2019 en el periódico BILBAO

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