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Hay canciones que a oscuras suenan mejor

Con motivo del Día de los Difuntos, el suplemento ‘Territorios’ de EL CORREO ha publicado un monográfico que analiza la presencia de las sombras en el mundo del arte. A mí me ha tocado escribir sobre las canciones que tienen como protagonistas a estas siluetas cambiantes que representan nuestro lado oscuro. Nuestra cara B.

 

 

Nuestra sombra es un perrito faldero que nos sigue a todas partes. Como la mala conciencia. O esa melodía pegadiza que no puedes dejar de tararear una vez que se instala en tu cabeza. Da igual lo que hagas. Resulta imposible desprenderte de ella. Dependiendo de la luz, cambia constantemente de forma, ángulo e intensidad. Es precisamente esta cualidad mutable la que establece una extraño pero hermoso paralelismo entre las sombras y la música. Cuando nos apetece escuchar un disco, la elección depende, sobre todo, de nuestro estado de ánimo, tan cambiante como la silueta de una sombra. O la propia música, un arte que está continuamente transformándose, incorporando sonidos nuevos o reciclando los viejos.

 

Si exceptuamos el reggae y las canciones soleadas de los Beach Boys, encontramos referencias a las sombras en buena parte de la música popular. Géneros como el blues, el jazz, el rock y el bolero siempre se han sentido a gusto en su compañía. A comienzos del siglo XX, apostados con su guitarra en el andén de una solitaria estación de tren, los músicos de blues del Misisisipi esperaban a que cayera la noche y surgieran las sombras para cantar sus penas. Cuando cruzas la puerta de un club de jazz los contornos se difuminan, todo son sombras. Y el rock cuenta con un subgénero, denominado gótico o siniestro, que padece fotofobia. Siouxie & The Banshees, Joy Division, Bauhaus y The Cure son algunas de las bandas más representativas de esta corriente musical alérgica a la luz.

 

El saxofonista madrileño Jorge Pardo, uno de los pioneros de la fusión entre el jazz y el flamenco, dijo una vez: “El exceso de luces atonta. A la sombra se compone mejor”. Hay canciones que también suenan mejor a la sombra, que piden ser escuchadas en la intimidad que otorga la penumbra para poder comprender la gravedad de las palabras y sentimientos que conjuran. “¿No has sentido en la noche, cuando reina la sombra, una voz apagada que canta y una inmensa tristeza que llora?”, le preguntaba Gustavo Adolfo Bécquer a su amada en una de sus rimas. Esa voz apagada era la suya, aunque también podría ser la de Billie Holiday, Nina Simone, Chet Baker, Chavela Vargas o Nick Drake.

 

 

“Todas las imágenes tienen sus sombras. También algo de luz”, cantaba Joni Mitchell en ‘Shadows And Ligths’ (1975). Sombras y luces. Son las dos caras de la misma moneda. O de un disco de 45 revoluciones en el que la luz ocuparía la cara A y la sombra, la cara B. Según Carl Jung, el arquetipo de la sombra representa el lado oculto de nuestra personalidad, ese rincón del inconsciente al que arrojamos los instintos reprimidos, las frustraciones y los egoísmos afilados. Nuestro reverso oscuro. Nuestra cara B.

 

A nivel literario, la sombra da mucho juego. Los músicos echan mano de ella cuando quieren reflejar en sus composiciones conceptos como peligro, degeneración, clandestinidad y oscuridad. En su segundo disco, ‘Songs From A Room’ (1969), Leonard Cohen incluyó una versión de ‘La Complainte du partisan’, uno de los himnos de la resistencia francesa contra la ocupación nazi. La tituló ‘The Partisan’ y el estribillo dice: “Oh, el viento, el viento sopla. A través de las tumbas el viento sopla. La libertad pronto vendrá. Entonces saldremos de las sombras”. También es un recurso habitual como metáfora del pasado.

 

Rebuscamos entre nuestros recuerdos con la vana intención de recuperar lo que hemos perdido. El protagonista de ‘Home (When Shadows Fall)’, un estándar del jazz que Louis Armstrong popularizó en los años treinta del siglo pasado, perdió su hogar. Y aunque sabe que nunca podrá volver, sus pensamientos “siempre regresan a casa cuando las sombras caen y los árboles susurran que el día se está terminando”. Un sentimiento de anhelo que también se despierta cuando rememoramos un amor del pasado.

 

‘The Shadow of Your Smile’ (1965) es otro clásico del repertorio jazzístico. Debido a que en lugar de ensalzar una pasión actual conmemora un viejo amor, esta canción compuesta por Johnny Mandel ha gozado de muchas simpatías entre los artistas de edad provecta. Benny Carter, Hank Jones y Lionel Hampton grabaron estupendas versiones cuando ya habían cumplido los 80 años. La letra, que suena mejor susurrada que declamada, dice: “Cuando te hayas ido, la sombra de tu sonrisa dará color a todos mis sueños y luz al amanecer”. Sombras. Como reza el célebre tango de Francisco Lomuto, son lo único que queda cuando un amor termina: “Sombras nada más, acariciando mis manos. Sombras nada más, en el temblor de mi voz. Pude ser feliz y estoy en vida muriendo, y entre lágrimas viviendo el pasaje más horrendo de este drama sin final”. Sombras. Nada más.

 

 

Artículo publicado el 26 de octubre de 2019 en el periódico EL CORREO

 

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