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Keith Jarrett vive en su propia música

La editorial Libros del Kultrum publica una espléndida biografía de Keith Jarrett, maestro de la improvisación y posiblemente el pianista de jazz más original e influyente de nuestro tiempo

 

Keith Jarrett es un genio. Y como todos los genios tiene sus manías. Apenas concede entrevistas, no destaca por su amabilidad, es perfeccionista hasta el paroxismo y monta en cólera ante cualquier arrebato de exégesis porque le huele a mero huerto intelectual. La música, dice, no es otra cosa que música. No puede describirse con palabras. Es un arte hermético inmune a las explicaciones. Jarrett vive en su propia música, o dicho de otro modo, en su propio mundo.

 

Si alguien se pregunta por qué hasta la fecha se ha escrito tan poco sobre uno de los pianistas más originales e influyentes de nuestro tiempo tal vez encuentre una respuesta en esa actitud. “Vale para él lo que Paul Hindemith dijo a propósito de Bach: ‘Era de un mutismo propio de una ostra’. Quien opina sobre el arte de Jarrett lo hace, en el fondo, contra la voluntad de éste. Si de él hubiera dependido la decisión de consentir que se publicara, muy posiblemente este libro no habría visto la luz”, avisa Wolfgang Sandner en el prólogo de Keith Jarrett: Una biografía (Libros del Kultrum), espléndido retrato de la vida y obra de esta leyenda viva del jazz.

 

Maestro sin par en el arte de la improvisación, Jarrett no es un teórico, ni un docente, ni un agitador, ni el abanderado de ninguna escuela vanguardista. Es un músico. Y punto. Un músico activo, prolífico y versátil. Y su concentración en lo esencial, la música, es absoluta. Como su nivel de exigencia. Un ejemplo: en Lausana, Suiza, en una de sus actuaciones como solista, la inspiración lo dejó en la estacada. Entonces se acercó al borde del escenario para preguntar si entre el público había un pianista que quisiese seguir tocando en su lugar, pues ya no se le ocurría nada más. Manías aparte, lo que no se puede negar es su coherencia en lo que atañe a su concepción del arte.

 

Miles Davis le dijo una vez: “Keith, ¿qué es lo que uno siente al ser un genio como tú?”. Wolfgang Sandner responde a la pregunta en uno de esos escasos libros que puedes leer con tus oídos. Profesor de Musicología, productor y crítico musical, Sandner es un erudito que además escribe como los ángeles, con talento de sobra para superar las propias limitaciones de la comunicación escrita y aproximarse a la música de una manera crítica, didáctica y hermosa. Keith Jarrett: Una biografía merece compartir estante en la biblioteca justo al lado de Pero hermoso (Literatura Random House, 2014), en el que Geoff Dyer hilvana una serie de relatos imaginados sobre figuras capitales del género como Lester Young, Bud Powell, Charles Mingus, Chet Baker, Thelonious Monk y Art Pepper. Es el único libro sobre jazz que Jarrett recomendaría a sus amigos.

 


 

Nació en Pensilvania, Estados Unidos, en 1945. Desde pequeño comenzó a dar muestras de su talento al piano. Fue un niño prodigio que recibió una educación musical clásica. En su primer recital en solitario, con apenas siete años, presentó obras de compositores europeos que comprendían desde el barroco hasta el clasicismo y el romanticismo. El jazz aún no figuraba en el orden del día, una pasión que comenzó a florecer en la adolescencia, tras conocer a Dave Brubeck en un concierto y participar en un campus de verano impartido por Stan Kenton en la Universidad de Michigan.

 

En 1965 se mudó a Nueva York obsesionado con una sola meta: hacer carrera en el mundo del jazz. Durante meses, cuando caía la noche, acudía a clubes como el legendario Village Vanguard y el no menos célebre Dom para participar en ‘jazz sessions’ que acogían a músicos neófitos como él. Una noche de otoño de aquel año, Art Blackey se dejó caer por el Village Vanguard en busca de intérpretes de interés. Al baterista y líder de los New Jazz Messengers le bastaron diez minutos de la interpretación pianística de Jarrett para invitarle a unirse a su banda. Aquel fue, según Sandner, “uno de aquellos instantes que encontramos descritos en Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig, aquellas conjunciones astrales imprevisibles que marcaron un punto de inflexión trascendental”.

 

Ecos de Miles

Tras una breve estancia en el ensemble de Blackey de apenas cuatro meses, tiempo suficiente para proporcionarle un nombre dentro del circuito jazzístico, recaló en el cuarteto del saxofonista Charles Lloyd recomendado por el baterista Jack DeJohnette, que con el tiempo se convertiría en uno de sus más fieles escuderos. Fue entonces cuando Miles Davis entró en escena. Hacía tiempo que el autor de Kind of Blue (1959) intentaba convencer a Jarrett para que tocara con él, pero se negaba porque quería dar la máxima prioridad a su banda: “Se presentaba en los sitios donde tocábamos, se sentaba en un rincón y decía: ‘¿Quieres tocar con mi banda?’. Yo respondía: ‘No’. Y así una y otra vez. Hasta que tuve un periodo libre, sin trabajo, y le dije: ‘Tocaré contigo si puedo irme cuando quiera’. Pero no me incorporé a su banda. Tocaba con ella”.

 

Miles impuso el teclado eléctrico. A Jarrett no le hizo ni pizca de gracia, pero entendía que la música que en esa época desarrollaba Davis no habría funcionado con un piano acústico. El sentimiento y pulso profundamente funky de su órgano ayudaron a generar coherencia en la sección rítmica de una banda histórica que ensanchó los límites del jazz al incorporar elementos del rock, el funk y la incipiente música electrónica. Aunque el periodo que compartió con Miles no está bien documentado en términos discográficos, existen grabaciones muy recomendables, como los dos álbumes dobles Miles At The Fillmore y Live-Evil, ambos de 1970. Cuando Miles Davis murió, Jarrett dijo en una entrevista: “La manera de tocar de todos era un eco, de alguna manera, de él. Miles fue la presencia más fuerte en el jazz que muchos habrán visto en su vida, si es que hay alguien que piense que en los últimos veinte años tocaba jazz. Eso ya no importa. Cuando Miles estaba tocando, justo antes de su muerte, puedes percibir la conciencia del hombre detrás del sonido. Ese es el mensaje del jazz. Esa es la historia del jazz”.

 

En 1971 renunció a los teclados eléctricos. Desde entonces, su repertorio pivota entre la música clásica y los tres mismo ámbitos del jazz: los estándares, que llena de vida nueva como no lo hace prácticamente ningún otro intérprete, las composiciones propias, y las libres improvisaciones de solista. La enorme popularidad de sus conciertos en solitario, sobre todo en Europa, contribuyó a la revitalización del jazz acústico. Desde sus inicios, su perspectiva musical fue eminentemente europea. Aquel año inició una relación con la discográfica alemana ECM que perdura a día de hoy.

 

EMC (Editions of Contemporary Music), cuyo catálogo concentra la mayor parte de la obra del pianista, fue fundada en 1969 por Manfred Eicher, músico de educación exquisita que no entiende de géneros: la única distinción a la que atiende es entre música escrita y música improvisada. Eicher le concedió libertad creativa absoluta, una deferencia que Jarrett correspondió con The Kóln Concert (1975), obra maestra de la improvisación pianística y, muy a su pesar, no vaya a ser que le tilden de comercial, el disco de un artista en solitario más vendido de la historia del jazz.

 


 

Artículo publicado en mayo de 2018 en el periódico BILBAO
 

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