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The Doors, esperando a que salga el sol

Se cumple el 50 aniversario de la publicación de ‘Waiting for the Sun’, el disco con el que The Doors alcanzaron su único número uno en las listas de ventas

 

En agosto de 1968, The Doors sacaron a la venta su tercer álbum, Waiting for the Sun. A pesar de que escaló hasta el número uno en las listas de ventas, en su momento las críticas no fueron precisamente buenas. Algunas, especialmente hirientes, como la que firmó Jim Miller en la revista Rolling Stone: “No es un disco terrible, pero tampoco es particularmente excitante. El grupo suena bien, pero el principal problema es Jim Morrison. No canta tan bien como en su primer disco, y adolece de falta de sutileza. Por supuesto, hay algunas buenas canciones, como Spanish Caravan, con un hermoso trabajo de guitarra de Krieger, Not to Touch the Earth tiene sus momentos y, a pesar de las letras, la música de Summer’s Almost Gone es evocativa. En Yes, the River Knows, Morrison demuestra que es incapaz de sostener una balada. De todas formas, la portada es bonita”. Miller tiene razón. No es el único que opina que es el disco más flojo de la banda californiana. Lo que no significa que sea un mal álbum. Pero palidece frente al resto de una discografía que no baja del sobresaliente.

 

Waiting for the Sun cumple medio siglo. Y para celebrar el aniversario, el sello Rhino publicará el 14 de septiembre una edición de lujo en formato de doble CD. En el primero encontramos el disco nuevamente remasterizado por Bruce Botnick, el ingeniero de sonido que trabajó con el grupo en los sesenta, a partir de las cintas originales. El segundo CD incluye nueve mezclas inéditas registradas en las sesiones de grabación y cinco temas en directo del concierto que The Doors ofreció en Copenhague el 17 de septiembre de 1968. Botnick prefiere estas nuevas mezclas a las que finalmente aparecieron en el disco, porque, en su opinión, “representan con mayor fidelidad el espíritu de la banda, tienen un sonido más rudo, atractivo y refrescante”.

 

La grabación del álbum fue tensa. El escritor Stephen Davis, autor del libro Jim Morrison: vida, muerte, leyenda, sostiene que Waiting for the Sun fue “el principio del fin de The Doors”. La banda se encontraba en su punto álgido de popularidad, y solo unos meses después de lanzar Strange Days, la discográfica Elektra presionó para que entraran en el estudio para grabar otro disco. El principal problema era la falta de nuevas canciones. Así que echaron mano de temas antiguos que no habían entrado en el listado de sus dos primeros trabajos. En un inicio, la idea era que toda la cara A estuviera ocupada por una extensa pieza teatral titulada Celebration of the Lizard, basada en un poema surrealista escrito por Morrison. Tras grabar las primeras maquetas y comprobar los pobres resultados, desecharon la propuesta y al final solo se incluyó una pequeña parte del poema en la canción Not to Touch the Earth.

 

 

Si, como dijo John Lennon, los Beatles eran más grandes que Jesucristo, por entonces Morrison se creía Dios. O en su defecto, el presidente de los Estados Unidos de América. Pero con unas cuantas copas de más. En una entrevista para Rolling Stone, el cantante le dijo a su amigo Jerry Hopkins: “Una vez dije que la extensión lógica del ego es Dios. Creo que la extensión lógica de vivir en América es ser presidente”. En apenas año y medio, desde que publicaron su disco de debut, Morrison había pasado de ser un completo desconocido a convertirse en una estrella mediática. Y en el hombre más deseado del país. “No ha surgido ningún símbolo sexual importante desde que James Dean muriera y Marlon Brando comenzara a echar barriga. Dylan es más una palpitación intelectual, y los Beatles siempre han sido demasiado monos para ser profundamente sexys. Y ahora llega Jim Morrison, de The Doors. Podría ser el fenómeno más grande en apoderarse de la libido de las masas en mucho tiempo”, escribió Howard Smith, columnista del Village Voice.

 

Vivir al límite

Fue durante la grabación del disco cuando Morrison comenzó a sentirse atrapado en su propia imagen. No dejaba de beber y drogarse. Estaba fuera de control. Apenas aparecía por el estudio. En vez de Esperando al sol, el disco debería haberse titulado Esperando a Jim. El baterista John Densmore amenazó con abandonar el grupo tras encontrárselo completamente beodo sobre un charco de orina. Una de tantas. Y lo peor estaba por venir. “Nadie sale vivo de aquí”, cantaba el Rey Lagarto de forma premonitoria en Five to One. Su comportamiento impredecible era un dolor de cabeza permanente para sus compañeros, pero también una bendición para quienes acudían a sus conciertos. “Jim vivió toda su vida al límite y la gente podía sentirlo cuando se subía al escenario; siempre había algo por debajo, a punto de suceder… y podía pasar esa misma noche si eran afortunados. Todo lo que puedo decir es que estaba totalmente comprometido con vivir la vida de la revolución”, recordaba el guitarrista Bobby Krieger.

 

A diferencia de los dos primeros discos, que compartían la misma atmósfera oscura y estructura, con piezas de larga duración como punto final, Waiting for the Sun ofrece un sonido más ligero, más pop. Apenas dura media hora. Hello, I Love You fue el primer sencillo extraído del álbum. En su biografía Jinetes en la tormenta, Densmore cuenta que Paul Rothchild “nos sacó a rastras de la sala de control y nos dijo que necesitábamos un hit pronto y que, con unos arreglos, Hello, I Love You podría servir. Se convirtió en una canción fuera de lo corriente, con mogollón de distorsiones de guitarra conseguidas con el último juguete electrónico, el Fuzzbox. Aunque la letra me gustaba muchísimo, los nuevos arreglos parecían artificiosos. Me quedé alucinado cuando llegó al número uno”. Ray Davies, líder del grupo británico The Kinks, demandó a The Doors argumentando que la canción era un plagio de All Day and All of The Night. El asunto se zanjó fuera de los tribunales a cambio de una buena suma de dinero.

 

 

Aunque a nivel musical sea un disco irregular, es innegable que Waiting for the Sun captura de forma fidedigna el espíritu de la época en temas como The Unknown Soldier, en el que Morrison denuncia la pasividad de sus compatriotas ante la guerra de Vietnam. Las canciones suenan premonitorias. Son un aviso. Como una alarma o el chasquido del gatillo de una pistola justo antes de dispararse. No sabes qué, pero presientes que algo está a punto de ocurrir. Y no va a ser nada bueno.

 

En su ensayo Escuchando a The Doors, Greil Marcus escribe: “En 1968, el miedo era la moneda circulante. Era lo que te mantenía despierto, y no solo la noche en que dispararon a Bobby Kennedy. El miedo era la razón por la que cada día podía parecer una trampa. Parecía que el país se estaba desmoronando. En este escenario, The Doors eran una presencia. Eran un grupo al que la gente sentía que tenían que ver; no enterarse de su existencia, ni descubrir, ni escuchar el mensaje que les revelara la verdad, sino estar en presencia de un grupo que parecía aceptar el momento actual sin más. Nada en su comportamiento hacía prever un final feliz. Su mejor canción (The End) decía que los finales felices no eran interesantes, ni merecidos”.

Artículo publicado en agosto de 2018 en el periódico BILBAO

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