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Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver

El 18 de septiembre de 1970, Jimi Hendrix fue encontrado muerto en un hotel de Londres tras mezclar alcohol y somníferos. Días después, Janis Joplin subía al cielo montada en el caballo blanco de la heroína. Ninguno llegó a cumplir los treinta.

 

«Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver». Esta manoseada frase, erróneamente atribuida a James Dean –en realidad la pronunció un jovencísimo John Derek en la película ‘Llamad a cualquier puerta’ (Nicholas Ray, 1949)– resume la trayectoria vital de dos mitos del rock que nos dejaron hace ahora medio siglo: Jimi Hendrix, considerado el mejor guitarrista de toda la historia, y la cantante Janis Joplin, musa del movimiento hippie. Ambos tenían 27 años, condición necesaria para ingresar en el famoso Club de los 27 junto a otros ilustres tarambanas de final prematuro que también se bebieron la vida a lingotazos como Robert Johnson, Jim Morrison y Brian Jones.

 

Jimi Hendrix fue encontrado muerto en una habitación del hotel Samarkand de Londres el 18 de septiembre de 1970. Según el informe médico, falleció camino del hospital ahogado en su propio vómito tras ingerir una mezcla letal de alcohol y somníferos. Aunque no todo el mundo está de acuerdo con la versión oficial. En los últimos años han surgido versiones alternativas que pretenden esclarecer con argumentos peregrinos las confusas circunstancias que rodearon su prematura muerte. James Wright fue uno de los técnicos que supervisó sus últimas giras. En 2009 publicó el libro ‘Rock Roadie’, donde asegura que Michael Jeffery, manager del músico, le confesó que fue él quien le proporcionó las pastillas con la intención de matarlo para poder cobrar parte del seguro que había firmado con la discográfica Warner y saldar así las deudas que había contraído con la mafia. Menos creíble aún es la versión que defiende que el flamígero guitarrista se suicidó porque no podía soportar más la servidumbre de fama y las presiones de la industria discográfica. Hendrix no tenía tendencias suicidas ni era un depresivo. Era un imprudente. Y aquella noche, simplemente, se le fue la mano.

 

Por sus venas corría sangre india y africana; mestiza, como la música con la que asombró al mundo, una combinación de blues, rock y psicodelia con la que se adelantó a su tiempo y que abrió una espita de la que han bebido todos los guitarristas que vinieron después. Su vida fue un viaje continuo: musical, espiritual y físico. “Si soy libre es porque siempre estoy corriendo. Soy incapaz de quedarme mucho tiempo en el mismo sitio. Me mina. Tengo miedo de vegetar. Tengo que moverme. Hay tanto que ver y tantos sitios a los que ir… Ojalá pudiera estar siempre viajando”, cuenta en biografía ‘Empezar de cero’ (Editorial Sexto Piso, 2013). Nació en Seattle el 27 de noviembre de 1942. Su padre era un fundamentalista religioso y su madre una alcohólica a la que le gustaba pasárselo bien. Una mala combinación. Acabaron divorciándose y el joven Jimi se escapó de casa sin un centavo en el bolsillo. Durante una temporada fue dando tumbos, hasta que se alistó en el ejército. No duró mucho. Fingió una lesión en la espalda para librarse de ir a Vietnam y puso rumbo a Nashville, donde se fogueó punteando junto a Little Richards, Sam Cooke, Solomon Burke y los Isley Brothers.

 

 

En 1966 viaja a Londres y forma The Jimi Hendrix Experience. Un año después, el hijo pródigo regresa a Estados Unidos para ser ungido como el nuevo mesías del rock en el festival de Monterrey. A comienzos de 1970, tras cuatro años frenéticos de giras interminables, se encontraba exhausto. Estaba harto de tocar las mismas canciones en cada concierto. Acostumbrado a innovar constantemente, sentía que comenzaba a repetirse: “He dado la vuelta completa. Estoy justo donde empecé. Lo he dado todo, pero sigo sonando igual”. Lo único que deseaba era echar el freno y encerrarse en el estudio Electric Lady que había construido en Nueva York para tocar lo que él llamaba ‘música solar’: “Quiero producir una música tan perfecta que sea capaz de curar. Sería una mezcla del pasado y del futuro. Lo oigo en mi cabeza, pero no puedo tocarlo a la guitarra. Si pudiera conseguir ese sonido… si pudiera conseguirlo, sería feliz”.

 

El patito feo

Pocos después de la muerte de Hendrix, el 4 de octubre, Janis Joplin fallecía en un hotel en Los Ángeles de una sobredosis de heroína de extremada pureza. Nació el 19 de enero de 1943 en Port Arthur, un pueblo petrolero de Texas del que siempre renegó. En el colegio se burlaban de su físico. Fue una niña infeliz e insatisfecha que solo encontró consuelo en la música de Billie Holiday, Leadbelly y Bessie Smith. Cuando acabó el instituto se largó a San Francisco, epicentro del movimiento contracultural. “Aquí nadie se mete conmigo. Por fin soy libre”, dijo en una entrevista. En 1966 se une a la banda Big Brother and The Holding Company, combo de blues psicodélico con el que da el salto a la primera división del rock tras triunfar en el festival de Monterrey.

 

Eran los tiempos del amor libre, pero ni el éxito comercial ni el carrusel de amantes de ambos sexos que desfilaron por su cama fueron armas suficientes para vencer a la soledad que arrastraba desde la adolescencia: “Cada noche hago el amor con 25.000 personas sobre el escenario y luego me vuelvo a casa sola”. En su larga lista de conquistas encontramos a músicos como Leonard Cohen (con quien tuvo un furtivo encuentro en el Chelsea Hotel), Kris Kristofferson y Fred Smith, cantante y guitarrista de MC5 y futuro marido de Patti Smith. “Fred y Janis se complementaban muy bien. Eran el sueño de una botella de Jack Daniels”, recuerda el baterista Dennis Thompson en el libro ‘Por favor, mátame: La historia oral del punk’ (Libros Crudos, 2010). Chrissie Hynde, cantante de la banda británica The Pretenders, cita a Janis como su modelo a seguir: “Verla actuar era como asistir a un combate de boxeo. Podía salir toda ensangrentada de él, pero erguida”. Janis Joplin, el patito feo que sobre el escenario se transformaba en un cisne, abrió el camino para las mujeres en un negocio que hasta entonces había sido predominantemente masculino.

 

 

Su manera de cantar, cruda e intensa, forzando la garganta al límite, permitía vislumbrar la vulnerabilidad y los miedos. Escondía su inseguridad bajo toda clase de prendas y abalorios hippies: fulares, boas, largos collares, anillos llamativos y unas enormes gafas oscuras. “Cuando no llevaba sus complementos y no estaba frente a un público que le transmitiera su energía, daba la impresión de ser pequeña y débil”, cuenta Robert Hilburn en su libro ‘Desayuno con John Lennon y otras crónicas para la historia del rock’ (Turner, 2010). Hilburn entrevistó a Janis en 1969 en el camerino del Hollywood Bowl. “Parece que la gente me percibe de una forma muy dramática –confesaba–. Quizá así disfruten más de mi música. Claro que podría cuidarme más, supongo. Podría comer solo alimentos orgánicos, dormir ocho horas cada noche, dejar de fumar. A lo mejor así lograría vivir un par de años más, pero ¿qué me importa? No tengo ni idea de lo que estaré haciendo dentro de tres años”.

 

Artículo publicado en octubre de 2020 en el Periódico BILBAO

 

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