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Woodstock, la última gran fiesta ‘hippie’

El concierto de rock más famoso de la historia cumple medio siglo. La madre de todos los festivales se celebró del 15 al 17 de agosto de 1969 y puso punto final a la Era de Acuario, una utopía floral y pueril bañada en hachís y LSD

 

La década de los sesenta dejó un puñado de momentos memorables que permanecen vívidos en el imaginario colectivo: el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, el discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington por los derechos civiles, el ejército estadounidense fumigando Vietnam con napalm, el paseo primaveral de las tropas soviéticas por las calles de Praga, estudiantes y sindicalistas arrojando adoquines a la Policía en las revueltas del Mayo francés, Neil Armstrong dejando la huella de su bota en la Luna… Y Jimi Hendrix torturando con su guitarra el himno de Estados Unidos en Woodstock.

 

El concierto de rock más famoso de la historia cumple medio siglo. La madre de todos los festivales se celebró del 15 al 17 de agosto de 1969 bajo el lema ‘3 días de paz y música’. Acudieron medio millón de jóvenes llegados de todo el país: el mismo número que el de soldados estadounidenses desplegados en Vietnam. Actuaron 33 bandas y solistas. Hubo dos nacimientos. Y murieron dos personas: una por sobredosis de heroína y otra atropellada por un tractor mientras dormía. Hendrix fue el último artista en subirse a un escenario por el que también desfilaron The Who, Jefferson Airplane, Tim Hardin, Sly & The Family Stone, Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin, Joe Cocker, Santana, Joan Baez, The Band, Grateful Dead y Crosby, Stills, Nash & Young.

 

Durante aquel fin de semana, Woodstock se convirtió en una de esas ‘zonas temporalmente autónomas’ sobre las que escribió el poeta anarquista Hakim Bey: espacios efímeros, creativos y festivos que se rigen por sus propias normas, eludiendo las estructuras formales de control social. “Fue un momento fuera del tiempo en el que nuestra lucha contra el ‘statu quo’, nuestro miedo a que nos llamaran a filas, nuestra oposición a una guerra que nos parecía injusta y nuestra lucha por la igualdad y las libertades personales podía compartirse sin sufrir las presiones de la sociedad conservadora y la violencia que crecía en las calles. Y la música era nuestra forma de transmitir ese mensaje”, escribe Michael Lang, uno de los organizadores del festival, en el prefacio de ‘Woodstock Live’, de Julien Bitoun, publicado por Libros Cúpula.

 

Algunos ilusos, como el activista Abbie Hoffman, cofundador del Partido Internacional de la Juventud, creían estar asistiendo al nacimiento “de una nueva América, de una nueva nación: la Nación Woodstock”. No podía estar más equivocado. En Woodstock no comenzó nada. Al contrario: puso punto final a la Era de Acuario, una utopía floral y pueril bañada en hachís y LSD. Fue la última gran juerga que se corrieron los ‘hippies’, justo una semana después de que Charles Manson transformara su sueño en pesadilla. El 9 de agosto, Manson y su clan asesinaron a la actriz Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y a otras cuatro personas en Beverly Hills. En su ensayo ‘The White Album’ (1979), la escritora Joan Didion dice que “la felicidad y prosperidad los años sesenta terminó ese 9 de agosto de 1969, exactamente en el momento en el que la noticia de los asesinatos se extendió como un incendio. Ese día estalló y la paranoia se cumplió”.

 

El crítico musical Greil Marcus apunta que “si el mundo hubiera sabido entonces que los cuerpos masacrados de Sharon Tate y de sus invitados habían sido obra de una comuna ‘hippie’ que habría sido recibida con los brazos abiertos en Woodstock, la cobertura por parte de la prensa tal vez no habría sido tan amplia. Nunca se llevó a cabo la ‘conexión Manson’ y la leyenda de Woodstock continuó intacta e impoluta”. Ni siquiera su inmediata secuela y reverso oscuro, el Festival de Altamont, en el que un joven murió acuchillado mientras actuaban los Rolling Stones, ensombreció la magia de Woodstock. Al año siguiente, la película del festival ganó el Oscar al Mejor Documental. En 1989, los manifestantes de la plaza Tiananmen en Pekín se concentraron alrededor de una réplica de la Estatua de la Libertad. Antes de que los masacraran, dijeron a los periodistas que Tiananmen era “su Woodstock”.

 

 

Hambre, lluvia y caos

La historia del festival comienza en 1967. John Roberts y Joel Rosenman publican un anuncio en el ‘Wall Street Journal’ buscando proyectos para financiar. Entre el millar de propuestas que reciben, una atrae su atención: la de Michael Lang y Artie Kornfeld, dos veinteañeros que pretenden montar un estudio de grabación en Woodstock, en el estado de Nueva York, donde entonces residía Bob Dylan, el gran señor de la contracultura. Finalmente, el proyecto evoluciona hasta convertirse en un festival de música rock. Los cuatro socios forman la empresa Woodstock Ventures y se lanzan a buscar el emplazamiento y los grupos.

 

Se inspiran el Festival de Pop de Monterrey, que se había celebrado en California en junio de 1967, el año del Verano del Amor, cuando el cinismo aún no había derrotado al optimismo ingenuo de los primeros ‘hippies’. Contratan a siete artistas que habían actuado en Monterrey y al encargado de iluminación. En cambio, pasaron por alto copiar también el equipo de sonido. El del festival californiano se diseñó especialmente para la ocasión y todos los músicos se deshicieron en elogios. El sonido de Woodstock, sin embargo, dejó bastante que desear.

 

En un principio, consideran la idea de organizarlo en Wallkill, donde tenían pensado instalar el estudio de grabación, pero las autoridades les deniegan el permiso debido a las protestas de los vecinos. A falta de un mes para el inicio el festival, encuentran por fin el emplazamiento definitivo: Bethel, un pequeño pueblo a 64 kilómetros de Woodstock. Max Yasgur, dueño de una explotación lechera, cede sus terrenos a cambio de 75.000 dólares. Su granja está situada en una hondonada natural que ofrece las condiciones necesarias para que el escenario se vea bien desde lejos.

 

La organización es un desastre. Lang y su equipo carecen de experiencia en la gestión de este tipo de eventos. Estiman 50.000 asistentes. Acuden diez veces más. Una avalancha imposible de contener. La multitud derriba las vallas y las taquillas desaparecen. Solo 60.000 personas pagan los 18 dólares que cuesta la entrada. Las carreteras de acceso se colapsan y algunos grupos no tienen más remedio que bajarse de la furgoneta y subirse a un helicóptero para poder actuar a tiempo. Un milagro impide que no se produzcan más desgracias. Las lluvias torrenciales que caen todo el fin de semana sobre el ‘backline’ de los músicos, instalado en el escenario sin precaución alguna, habrían podido ocasionar una catástrofe. Los integrantes de la banda Grateful Dead reciben descargas eléctricas durante su actuación. El recinto se convierte en un inmenso barrizal.

 

La inesperada muchedumbre plantea otro problema logístico: ¿cómo dar de comer a medio millón de personas? Solo hay tres puestos de comida. Desde el primer día se forman largas colas. Los restauradores no dan abasto. La noche del sábado, los festivaleros, hambrientos y encolerizados, queman dos de los puestos. Un gran movimiento solidario se pone en marcha para hacer frente a la emergencia. Los vecinos de Bethel organizan recogidas de víveres para los ‘hippies’. Las madres del Centro Comunitario Judío preparan miles de bocadillos en un tiempo récord. El domingo se montan puestos de distribución gratuita de arroz, verduras y cereales que llegan incluso a las primeras filas de espectadores, que llevan dos días sin comer para no perder su sitio frente al escenario.

 


 

La música

A las cinco de la tarde del viernes, Richie Havens toca los primeros acordes con su enorme guitarra acústica Guild. “Cuando terminó su actuación no pude dejar que se retirara porque no teníamos ningún otro grupo preparado debido a los atascos de tráfico. Así que le hicimos hacer seis o siete bises”, confiesa Michael Lang. Cuando se le acaba el repertorio, Havens improvisa una última canción que se convierte en el himno de Woodstock: la magnífica ‘Freedom’. Joan Baez se encarga de echar el cierre a la jornada con un concierto espléndido. En su opinión, “Woodstock no fue ninguna revolución: fueron tres días en los que todos se comportaron decentemente porque se dieron cuenta de que si no lo hacían, todos iban a pasar hambre”.

 

Santana fue la gran revelación del festival. La banda liderada por el guitarrista mexicano era una completa desconocida. Ni siquiera había publicado un disco. Su actuación estaba prevista para las ocho de la tarde del sábado, así que por la mañana Carlos decide que tiene tiempo de consumir la mescalina que se ha traído. Al final les hacen tocar a las dos de la tarde, cuando se encuentra en pleno pico alucinógeno: “El mástil de mi guitarra era como una serpiente eléctrica. Yo hacía lo que podía para que dejara de serpentear”. Su interpretación de ‘Soul Sacrifice’ se erige en una de las cumbres musicales de Woodstock, junto a ‘I Want to Take You Higher’ de Sly & The Family Stone, la excelsa versión de Joe Cocker de ‘With A Little Help From My Friends’ de los Beatles, y ‘See Me, Feel Me’ de los Who, que, como una feliz casualidad, suena justo cuando el sol asoma por el horizonte a primera hora del domingo.

 

A Jimi Hendrix le corresponde la difícil tarea de clausurar el festival frente a una multitud exhausta y ya muy escasa. Para cuando sale a escena, a las nueve de la mañana del lunes, la mayor parte del público había abandonado el recinto. El ‘New York Post’ definió su versión de ‘The Star Spangled Banner’ como “el gran momento de los años sesenta”. Aunque si hay un instante que resume a la perfección lo que significó Woodstock ese fue ‘Hey Joe’, la canción con la que Hendrix cierra su concierto. La letra dice: “¿Y ahora a dónde escaparás? ¿A dónde irás?”. La pregunta parece dirigida tanto al propio músico (moriría de sobredosis un año después) como, sobre todo, al público. Tras la resaca, la generación ‘hippie’ se dio cuenta de que su pretensión de cambiar el mundo solo era un hermoso espejismo.

 


 

Los grandes ausentes

La ausencia de Bob Dylan fue la que dejó un mayor vacío. Michael Lang reconoce que en un principio había concebido el festival como un homenaje a su obra. Dylan rechazó la invitación con la excusa de que su hijo Jesse estaba enfermo (lo cuál era cierto). Tan cierto como que el día que comenzó Woodstock, el músico se encontraba a bordo del Queen Elizabeth II rumbo a Inglaterra para actuar en el Festival de la Isla de Wright. Led Zeppelin también estaban invitados. Aquel verano la banda británica se encontraba de gira por la Costa Oeste de Estados Unidos, así que les habría sido fácil acercarse. Pero su representante, Peter Grant, se negó “porque en Woodstock habríamos sido un grupo más del cartel”.

 

Al parecer también hubo un conato de negociación con los Beatles. Una de las hipótesis que se manejan para explicar la ausencia de los Liverpool fue la negativa de la Administración Nixon para dejar entrar en el país a John Lennon, que en ese momento se encontraba en Canadá. La otra, menos probable aún, es que Lennon puso como condición que los Beatles actuaran junto a la Plastic Ono Band, y que los organizadores rechazaron la oferta. En una cruel ironía del destino, Joni Mitchell, la artista que compuso ‘Woodstock’, la canción definitiva sobre el festival (suena en los créditos finales de la película), tampoco pudo acudir porque se había comprometido a aparecer en un programa de televisión.

 

“El repertorio de Woodstock es imbatible”

El espíritu y la música de Woodstock revivirán el 26 de octubre en Bilbao. Una veintena de músicos vascos y madrileños se subirá al escenario del Kafe Antzokia para recrear treinta canciones que sonaron aquel fin de semana de agosto de 1969 en el concierto ‘Woodstock Revisited’. Jokin Salaverria es el artífice de este “homenaje a la época dorada del rock”, con el que pretende reivindicar “la libertad, no solo ideológica, que tenía la música en los años sesenta, un legado que hoy en día hemos perdido totalmente”. Hace tres años, el bajista getxotarra organizó un evento similar, evocando en aquella ocasión el ‘Concierto por Bangladesh’ que George Harrison montó en 1971 en Nueva York para ayudar a los refugiados de Pakistán Oriental.

 

Salaverria tenía 15 años cuando compró el triple vinilo de la banda sonora del festival. Aquel disco le cambió la vida: “El repertorio de Woodstock es imbatible. Es una lástima que ya no se hagan canciones tan buenas. En aquella época, la música rock era muchísimo más rica y variada. Incluso estaba tocada de otra manera. El sonido era más físico, los músicos tocaban ‘a pelo’, enchufaban los instrumentos al amplificador y punto. Era pura expresión sonora. Tenía alma. Hoy la música es una banalidad. Todo suena igual”.

 


 

Artículo publicado el 10 de agosto de 2019 en el periódico EL CORREO

 

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